Perfiles: Kentucky

De todos los escaños en juego en el Senado este año, tal vez el que despierta más interés es el de Kentucky. Es allí donde Mitch McConnell, líder de la minoría Republicana en el Senado y Senador desde 1985, se enfrentará en Noviembre a Alison Lundergan Grimes, una adversaria Demócrata de 35 años de edad cuya única experiencia proviene de un cargo administrativo local.

Normalmente, una competencia en la que un Senador con treinta años de titularidad deba medirse contra un adversario desconocido apenas recibe cobertura alguna. Los expertos dan por descontado que ganará y el trabajo de medición de la intención de voto queda en manos de encuestadoras partidarias o amateurs,  por lo que se vuelve difícil obtener datos fiables. A menudo, tal como es el caso en Alabama este año, la oposición se ahorra los costos de la campaña (o contribuye a la de otro distrito con más posibilidades) y decide no presentar candidato en absoluto.

La situación en Kentucky, sin embargo, no podría distar más de la norma. Cada minucia de la campaña suma una cobertura mediática nacional a la local y todas las encuestadoras importantes han despachado a sus equipos para llevar a cabo investigaciones. Unos inéditos 36 millones de dólares ya han sido gastados en el período previo al comienzo oficial de la campaña, monto que podría alcanzar los 100 millones antes de la elección de Noviembre. Las agencias PPP, Survey USA y Rasmussen, que han medido el apoyo a ambos candidatos intermitentemente desde Enero, arrojan una diferencia de 3,5% entre ambos, ligeramente a favor de McConnell pero no muy lejos del empate estadístico. ¿A qué se debe esta anomalía?

La primera explicación puede ser encontrada en el desprecio de la base Republicana por su propio candidato. McConnell es percibido, tal vez no completamente en buena fe, como el caso ejemplar de todos los males asociados al ala empresaria y oficial del partido; un hombre carente de contacto con los intereses de los conservadores locales, tejedor de sombrías redes de poder en la capital y demasiado conciliador con los liberales. Su rol como líder de la minoría en el Senado, en el que debe orquestar balances entre períodos de obstruccionismo y colaboración, sólo han reforzado su imagen de pragmatista divorciado de los valores del conservadorismo genuino.

Como fruto de ello, el ala activamente militante y ultraconservadora del partido Republicano, famosa globalmente desde el 2009 bajo el nombre de Tea Party, postuló a Matt Bevin como su candidato en la primaria partidaria de Mayo. Aunque fue aplastado 60%-36%, el daño que le hizo a la campaña de su rival bien podría costarle la banca a este último. Su rutinaria coronación como candidato oficial se convirtió en vez en una lucha por la supervivencia, en el que el Senador debió trabajar arduamente para mantener los apoyos institucionales que el resto de sus colegas (y sobre todo el líder del partido en la cámara) normalmente toman por sentado, así como desviar  su dinero de campaña hacia un enfrentamiento con un rival interno y radicalizar su mensaje. Para empeorar su panorama, ahora su elección tal vez dependa de ese mismo tercio de votantes intransigentes, ante los cuales es tan impopular como el Presidente Obama.

Otra explicación para esta extraña competencia puede ser atribuida a la afabilidad de Jerry Lundergan, padre de Alison. Mientras se desempeñaba como presidente del partido Demócrata de Kentucky en los años 70,  supo dar impulso a la carrera de un joven abogado de su mismo partido, con el que forjó una amistad. Cuando este abogado llamado Bill Clinton se hizo con la presidencia de los Estados Unidos, tuvo la cortesía de no olvidar el auxilio prestado por Jerry durante su ascenso, en este caso extendiendo su considerable red de contactos e influencia al resto de la familia Lundergan.

Alison Lundergan Grimes, por lo tanto, puede aparentar ser la David de este combate electoral (sobre todo si le es útil para obtener votos), pero una mirada más detallada nos indica la presencia de grandes máquinas electorales profesionales y competentes en ambos lados.  La constante presencia de Clinton, verdaderamente el único Demócrata popular en el Sur,  le ha provisto de simpatías por asociación, incrementado el conocimiento de su nombre en el distrito y otorgado millones de dólares en aportes desde otras partes del país. Simultáneamente, su campaña se ha visto inundada de expertos que formaron parte de las exitosas campañas presidenciales de 2008 y 2012, algo que inclusive ha ocasionado quejas por parte de candidatos Demócratas con menores expectativas y mayor necesidad de talento. No sería exagerado decir que todos los esfuerzos para proporcionarle una oportunidad de destronar a McConnell están siendo llevados a cabo.

Una última explicación puede basarse en las peculiares características del panorama político en Kentucky.  Aunque es una circunscripción sólidamente Republicana en las competencias presidenciales, los Demócratas son mayoría en su cámara baja y controlan la gobernación, por lo que ya han demostrado su capacidad para ganar elecciones estatales y poseen la infraestructura para hacerlo. Su electorado es receptivo a mensajes populistas y la división racial que ocurre entre los partidos en el Sur no se presenta de forma tan marcada allí, por lo que ambos candidatos tienen posibilidades de entusiasmar al electorado de formas menos tradicionales y la elección no se reduce a la demografía. Es precisamente sobre dos asuntos ligados al carácter populista y demográfico del distrito que la inesperadamente pequeña brecha entre Lundergan Grimes y McConnell también puede encontrar sus motivos.

El primero refiere a la legislación más controversial de la presidencia de Obama; el Affordable Care Act, más conocido como Obamacare. En términos generales los candidatos Demócratas han huido de su defensa y sus contrapartes Republicanos han hecho uso de su mala imagen para movilizar a sus votantes. Aquí, nuevamente, Kentucky es la excepción. El Commonwealth  ha montado el programa modelo a nivel nacional y 700.000 de sus habitantes han hecho uso de alguno de sus beneficios. Consecuentemente, Lundergan Grimes ha construido buena parte de su estrategia alrededor de pintar a McConnell como un representante de las grandes companías proveedoras de cobertura médica, imagen que sin duda se ve ayudada por la extensamente documentada oposición del Senador a la ley y sus mandatos. En una región del país de marcada pobreza, la percepción de que McConnell pueda costarle la cobertura médica a un familiar o a uno mismo tal vez logre dejar a algunos votantes conservadores en duda acerca de qué hacer. Si un interlocutor como Bill Clinton lograra establecer el mensaje como el eje de la elección, hasta sería posible que los efectos del componente racial y de la imagen negativa del Presidente aminoraran, permitiendo un desenlace poco feliz para McConnell.

El otro trata acerca de una de las industrias fundamentales del distrito; la minería de carbón. Debido a la casi total exclusión del ambientalismo en el partido Republicano, los efectos negativos de la consumición de carbón para la producción energética son discutidos únicamente por sus contrincantes. Esto podría ser fatal para los sueños electorales de Lundergan Grimes, puesto que la deja en la situación incómoda de deber contradecir no sólo al Presidente, sino a buena parte de sus donantes por fuera de Kentucky y una porción de su propia base. McConnell ha aprovechado esta desventaja para catalogar a la candidata como un desastre económico en espera, pronosticando que su insuficiente apoyo por la minería de carbón podría costarle miles de empleos al estado e insinuando que sus verdaderas lealtades yacen con los grupos de interés especiales en Washington. De lograr convencer de ello a una buena porción de los votantes cuyo bienestar económico depende de la minería, podría conducirse con tranquilidad a su quinta reelección.

Es tal vez la buena fortuna de Lundergan Grimes en llevar adelante la primera estrategia y la mala fortuna de McConnell en hacer lo mismo con la segunda que nos da un resultado tan parejo. Afortunadamente, Noviembre nos dirá más.

Grimes-McConnell

Por Joaquín Harguindey

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