De Colegios Electorales y Elecciones Directas

Hace ya casi 14 años, el público argentino observó con sorpresa como George W. Bush se imponía sobre Al Gore en la elección presidencial de Noviembre del año 2000. Aunque parte del asombro sin duda provenía de las vigorosas acusaciones de fraude ocurridas en el Estado de Florida, una parte mucho mayor encontraba su motivo en la paradójica situación de contar con un ganador inferior en cantidad de votos obtenidos que su rival derrotado, algo imposible en el diseño electoral argentino. Una mirada a las reglas electorales presidenciales de los Estados Unidos, sin embargo, nos mostrará que el triunfo de Bush (si elegimos saltear los asuntos litigiosos que definieron la elección) fue perfectamente legítima.

En la Argentina, al menos desde la reforma constitucional de 1994, las elecciones presidenciales han sido de carácter directo: Se toma al país como un distrito unificado y se vota por rondas hasta obtener una mayoría (con características especiales para la primera ronda), sin intermediar ningún cuerpo entre elector y elegido. Para entender el sistema vigente en los Estados Unidos, un viaje a las elecciones presidenciales de los años 80 es particularmente útil. Durante esa década, las elecciones presidenciales se desenvolvían de forma indirecta: El país se dividía en 24 distritos (23 provincias más la Capital Federal) y los electores de cada uno de ellos elegían representantes en el colegio electoral, órgano que se encargaba de elegir al presidente. Un algoritmo poblacional determinaba la cantidad de representantes que cada distrito enviaba al colegio.

Salvo diferencias menores, el sistema electoral presidencial de los Estados Unidos funciona de manera análoga. El país se divide en 50 Estados, todos ellos con un mínimo de 3 representantes a enviar al colegio electoral. La cantidad de electores siempre es idéntica a la cantidad total de congresales (dos Senadores más al menos un Representante) con los que cuenta cada Estado luego del último censo, el cual modifica la representación asignada a cada Estado en la cámara baja en base a sus cambios poblacionales. Estados con baja población, tales como Alaska o Hawaii, se han mantenido en el mínimo o muy cerca de él desde su proclamación como Estados. Otros, tales como los trece Estados originales de la costa Este, han visto su importancia electoral aumentar y declinar en base a sucesivas oleadas inmigratorias que modificaron su población. A todos ellos se les suma el único caso que no sigue la regla: El Distrito de Columbia (D.C.). Aunque no eligen Senadores ni Representantes, los 650.000 habitantes de la capital sí envían tres representantes al colegio electoral desde la elección de 1964, como fruto de la vigésimo tercera enmienda a la Constitución. Posesiones territoriales como Puerto Rico, las Islas Vírgenes o Guam, sin embargo, carecen de cualquier tipo de representación en las elecciones presidenciales.

El colegio electoral que se constituye en base a la representación numérica de todos estos distritos arroja un total de 538 electores. Con las excepciones de Maine y Nebraska, que asignan una parte de los electores al ganador en el Estado y otra parte al ganador en cada circunscripción de la cámara baja, todos los Estados y el D.C. otorgan la totalidad de sus electores al candidato que coseche más apoyos en el distrito.  Esto no implica que deba triunfar mediante una mayoría simple (50%+1 voto) sino únicamente ser el más votado; en la elección de 1992, la presencia de un tercer candidato fuerte en la contienda presidencial hizo que apenas dos distritos mostraran una mayoría clara.

Todo esto da pie a comportamientos electorales muy diferentes del caso Argentino. Al volverse irrelevantes tanto el voto total como el margen de victoria, la competencia por votos en grandes aglomeraciones urbanas sólo ocurre en la medida en que electores estén en juego. No puede compensarse la falta de apoyo en otras partes del país con una victoria proporcional producida por una campaña concentrada en pocas regiones, algo que fuerza a  los partidos a ser verdaderamente federales para competir, puesto que no hay otra opción. Simultáneamente, la escasez de distritos con un sistema más proporcional de representación en el colegio vuelve a los partidos más reticentes a adjudicar sus recursos en objetivos riesgosos, ya que no hay ningún premio para el segundo lugar.

Dos grandes efectos surgen de estos comportamientos. El primero es bastante útil para ilustrar las diferencias entre los sistemas argentino y estadounidense; la ausencia de una campaña urbana generalizada en las elecciones presidenciales de los Estados Unidos.  Las tres inmensas ciudades de Nueva York, Los Ángeles y Chicago se encuentran en distritos que favorecen marcadamente al partido Demócrata, por lo que todos los esfuerzos que puedan llevarse a cabo allí son superfluos. Lo mismo aplica para grandes ciudades como Houston o Dallas, pero en favor del partido Republicano. Sencillamente, la contienda no pasa por allí. Con la posible excepción de las ciudades de la Florida, buena parte del voto indeciso o voto por motivar necesario para ganar una elección se encuentra por fuera de las ciudades, algo que hace que los candidatos sólo las visiten para obtener fondos o recibir apoyos de instituciones importantes.

El segundo es la consecuencia lógica del primero. Si los votos se encuentran por fuera de las ciudades, los candidatos han de ir allí a buscarlos. Su objetivo los lleva a estas regiones del país donde las posibilidades de obtener todos los electores son más altas, regiones que a menudo no son claves para el funcionamiento político del país durante el resto del tiempo. Esta anomalía ejerce su influencia sobre Estados como Iowa o New Hampshire volviéndolos mucho más importantes de lo que su pequeña población los haría bajo un sistema proporcional y transforma a otros como Ohio o Florida en los verdaderos lugares decisivos para la elección. Todos los actos de campaña, spots televisivos, discursos y hasta convenciones partidarias se diseñan pensando en ellos, debido a su combinación demográfico-partidaria. Aunque los Estados salen y entran de esta categoría de interés intensivo, la categoría en sí se ha vuelto un elemento estable en las elecciones presidenciales.

Comprendiendo esto, entonces, la elección del año 2000 puede ser vista de otra manera. Gore fracasó (nuevamente, si salteamos las cuestiones espinosas) por su incapacidad de generar una mayoría federal para su elección. Su margen de victoria en otros distritos no le sirvió de nada en la Florida, donde el último puñado de electores se disputó.  Bush supo cosechar mayorías en más Estados y, como consecuencia, fue legítimamente electo Presidente.

electoral_college

Por Joaquín Harguindey

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