Populismo y autoritarismo en los Estados Unidos: La historia de Huey Long

Si contempláramos escribir un libro sobre fenómenos políticos autoritarios en la historia de los Estados Unidos, la mayor parte de esa obra se enfocaría en las múltiples maneras mediante las que los gobiernos federales o estatales privaron a la minoría afroamericana de sus derechos civiles y políticos. Aunque la violencia y la ausencia de libertad serían moneda corriente, en todos o casi todos los casos a estudiar encontraríamos difícil catalogar al régimen político imperante como enteramente autoritario, debido a su funcionamiento democrático, representativo y republicano para al menos una porción de su comunidad, inclusive mientras sometía a otras a la esclavitud.

Uno de sus capítulos, sin embargo, habría de detenerse en el caso del mandato de Huey Long como gobernador de Louisiana. En él encontraríamos un fenómeno radicalmente diferente a los demás y en el que la impronta del autoritarismo sería mucho más visible en el régimen. Por ello, así como también porque posee sorprendentes puntos de contacto con la experiencia del autoritarismo en América Latina, hemos de observarlo en más profundidad.

Huey Long fue electo como gobernador del Estado de Louisiana en 1928. Como todos los que ocuparon el cargo entre la partida de las tropas federales luego de la guerra civil y la reacomodación partidaria posterior al movimiento de derechos civiles, Long perteneció al partido hegemónico en el Estado y en todo el Sur; el partido Demócrata. Su elección marcó el triunfo de una coalición constituida por los elementos más excluidos de la mayoría blanca del distrito, tales como los granjeros arrendatarios y los católicos de ascendencia francesa, por sobre la maquinaria política (también Demócrata) que había dominado el gobierno estatal desde la década de 1870 bajo el tutelazgo de los magnates locales. Más aún, fue señal de la llegada de la política de masas moderna a Louisiana, en gran medida debido al novedoso uso de la radio para la promoción de jingles y eslóganes políticos por parte del candidato ganador.

Todas estas características, también presentes en mayor o menor grado en otras partes de los Estados Unidos, se conjugaron con un aporte especial hecho por Long, en la forma de un mensaje populista tan agresivo como exitoso. Su campaña se concentró en denunciar fervorosamente la influencia de las companías petroleras en las instituciones políticas del Estado, acusando a sus rivales de ser servidores tanto de ellas como de los monopolios u oligopolios de servicios públicos. Simultáneamente, se presentó como el campeón del hombre común, dispuesto a arrebatar el poder a la clase política parasitaria, a las instituciones ineficaces y a las corporaciones económicas para llevar a cabo un ambicioso programa de obras públicas que mejorara la calidad de vida. El discurso y estilo populista que explotó fue, tanto por su uso de las innovaciones tecnológicas como por su virulencia, mucho más desarrollado del que habían hecho uso candidatos populistas previos en la historia del país, notoriamente el Demócrata William Jennings Bryan.  El resultado de este asalto al decoro y a las instituciones políticas produjo excelentes resultados para Long. Su mensaje fue muy cálidamente recibido por los habitantes rurales del Estado, los cuales se sobrepusieron a los impedimentos legales e impositivos de la legislación electoral para apoyarlo en las primarias del partido Demócrata y en la posterior elección procedimental (97% a 3% contra el inexistente partido Republicano) a gobernador.

Una vez en el poder, Long no rehuyó de sus promesas electorales. Inmediatamente después de asumir, aumentó el gasto en infraestructura, educación y servicios de salud hasta alcanzar niveles récord en la historia estatal, montando un sistema impositivo progresivo para solventarlo. Sus iniciativas de reforma electoral incorporaron a cientos de miles de personas al electorado por primera vez, al eliminar o reducir los requisitos para ser considerado votante. Cuando la crisis económica de 1929 comenzó a afectar al Estado, la envergadura de la intervención en la economía se profundizó, financiándose la construcción de un enorme complejo de rutas, plantas de producción eléctrica y edificios universitarios, parcialmente gracias al beneplácito del gobierno federal. Posteriormente, ante la necesidad de más fondos para programas sociales, procedió a aumentar los gravámenes que afectaban a la industria petrolera y a emitir bonos estatales con poco respaldo más que su palabra.

Para el fin de su mandato en 1932, no sería exagerado decir que Long había implementado un programa modernizador de la economía del Estado, y que sin duda había podido plasmar la eficacia de la intervención estatal (o al menos de la intervención personal del gobernador) en obtener mejoras concretas para los habitantes menos favorecidos del distrito. Al considerar el volátil contexto económico y político en el que actuó, muchos historiadores dudan de que el avance de Long sobre las libertades económicas haya acarreado costos inaceptables, un argumento que se centra en la hipotética protección dada por su gobierno a la libre empresa a largo plazo mediante un mayor control estatal en el período crítico. Esta ausencia de consenso, sin embargo, desaparece al discutir los costos ocasionados por el gobernador a las libertades políticas y civiles.

El ingreso de Long a la gobernación trajo consigo una purga de opositores a su figura de la administración pública. Su lugar fue tomado por hombres de confianza del líder, el cuál no dudó en establecer un elaborado sistema de patronazgo aún mayor que el que había estado en pie bajo sus predecesores, para afirmar su control sobre el Estado. Como consecuencia de ello, Long contó desde el principio con una extensa reserva de simpatizantes leales a él de forma exclusiva, empleados (durante una crisis económica severa) en la medida que complacieran al líder y sumergidos en la retórica y el accionar populista que pregonaba. Tan pronto como el poder legislativo y judicial, controlados por miembros del viejo orden, se negaron a cooperar con los planes del gobernador, Long hizo uso de su vasto recurso humano para intimidarlos, sobornarlos o forzarlos a expulsar a sus miembros más intransigentes. Novedosamente, organizó masivos actos de repudio y condena personal contra legisladores, jueces y periodistas, con especial histeria luego de un abortado juicio político para removerlo. Luego de un período breve, tal vez tan temprano como 1931, Long ya podía jactarse de poseer completo poder político dentro de los límites de su Estado, construyendo estatuas y nombrando proyectos de infraestructura en su honor como demostración. La destrucción del sistema de división de poderes, pilar de la cultura política republicana de los Estados Unidos desde su fundación, había concluido a su favor, y la creación de varios periódicos asociados a su figura contrarrestaban los esfuerzos de la prensa, la única fuente potencial de problemas. En los años siguientes, su maquinaria política habría de rediseñar los distritos a su antojo, eliminar los poderes de alcaldes rebeldes e involucrarse en obscenos casos de corrupción, a sabiendas de que nadie podía detenerlos. El gobierno federal, en una vana lucha contra la crisis y manejado por el abismalmente impopular Hoover, poco podía hacer por defender los requisitos republicanos mínimos en Louisiana y actuar contra la tiranía de su gobernador.

Long decidió entonces llevar su estilo de gobierno al plano nacional. Fue electo Senador por Louisiana en 1930, aunque pospuso su renuncia como gobernador por dos años a fin de establecer un sucesor títere. Una vez garantizado su control del Estado desde Washington, utilizó su banca en un principio para apoyar la candidatura de Franklin Roosevelt como presidente, aunque aquí también habría problemas; la alianza sería rota por el mismo Long posteriormente, por considerar a su correligionario neoyorquino como demasiado débil contra los intereses corporativos. Dos años después, como obra maestra legislativa, buscó la implementación de un programa impositivo federal llamado “Share Our Wealth” (Compartamos Nuestra Riqueza) que llamaba a establecer un sistema impositivo progresivo similar al de Louisiana, pero que incluyera la requisa de toda fortuna superior a los ocho millones de dólares, la redistribución del dinero obtenido a través de un salario familiar y limitaciones estrictas a la herencia. Aunque Long sabía perfectamente que las posibilidades de que tal programa fuera implementado eran nulas, la maniobra servía el doble objetivo de permitirle mantenerse en la atención del público a través de una afronta simbólica a los ricos y posicionarse como una alternativa populista a Roosevelt en una posterior elección. Ante la prolongada crisis económica, las posibilidades de que un candidato como Long aprovechara las paupérrimas condiciones de vida de buena parte de la población para montar una campaña populista en 1936 no eran insignificantes, algo que el Senador indudablemente intuyó previo a anunciar su candidatura presidencial. Si estaba en lo correcto o no, nunca lo sabremos.

Por desgracia para Long, su experimento populista y autoritario en Louisiana llegó a su fin poco después. Un familiar de una de las víctimas de su campaña de intimidación política lo asesinó en Baton Rouge en Septiembre de 1935. Aunque su hijo sería gobernador varias veces en las décadas siguientes, el régimen personalista y de corte autoritario que había establecido murió con su figura, y las elites del Estado se ocuparon celosamente de prevenir su resurgimiento. Su máximo legado, además de algunos edificios aún en pie, ha sido probablemente el de afirmar la importancia de la limitación del poder del Ejecutivo en las mentes de la clase política de los Estados Unidos, así como el de proveer evidencia acerca del potencial autoritario de todas las sociedades, inclusive de las que se creen blindadas de ello.

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Por Joaquín Harguindey

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