Desafíos políticos del sindicalismo estadounidense

Una institución que estará observando los resultados del 4 de Noviembre con particular interés será el sindicalismo de los Estados Unidos. Este se encuentra involucrado en un intento de detener su prolongado proceso de declive, con orígenes en la década de 1950 y de deterioro acelerado a partir de los últimos 30 años, que ha reducido su influencia en ambos partidos nacionales a una fracción pequeña de lo que solía ser y producido una crisis de proporciones existenciales en su liderazgo.

A diferencia de la experiencia argentina, la cual ha contado con sindicatos masivos y un alto nivel de participación en ellos por parte de los miembros de la economía formal, los Estados Unidos nunca han tenido sindicatos fuertes en el plano nacional con proporciones importantes de membresía organizada. Su pico sindical de posguerra incluyó a apenas un tercio de su población empleada, cifra que hoy se encuentra en apenas un 11% del total, con concentraciones geográficas marcadas y una clara sobrerrepresentación de los empleados del sector público. Buena parte de su declive sin duda puede asignarse a la disminución en magnitud del sector manufacturero y su necesidad de mano de obra, pero otros factores pueden vislumbrarse, en este caso de raíz política. Las dos grandes federaciones sindicales, la American Federation of Labor and Congress of Industrial Organizations (AFL-CIO) y la Change to Win Federation, hoy encuentran su labor restringida por las limitaciones legales impuestas a la conformación y funcionamiento de los sindicatos en algunos Estados, fundamentalmente debido a una serie de normas conocidas como las leyes de derecho al trabajo (Right-to-work laws). Estas leyes privan de buena parte de su propósito a los sindicatos al prohibir las cláusulas de seguridad sindicales, las cuales permiten que estas organizaciones impongan condiciones de contratación y permanencia de los empleados al empleador, tales como la participación obligatoria o el pago de cuotas a la institución . Su efecto en esencia desfinancia y vacía a los sindicatos, desfavoreciendo la cooperación inclusive si su accionar produjera beneficios para todos los miembros afectados.

Paralelamente, el sindicalismo ha perdido su capacidad de negociación al verse forzado a encolumnarse detrás del partido Demócrata y actuar como un apéndice de él. Esta pérdida de dinamismo y autonomía se debe en buena medida a la polarización política de las últimas tres décadas, que creó grandes distancias entre el partido Republicano y los sindicatos. Hoy en día, las alianzas tácitas o estratégicas entre sindicatos y candidatos conservadores se han vuelto raras y a menudo riesgosas para ambas partes por la impopularidad de cada socio ante los simpatizantes propios. Esto ha transformado al trabajo organizado en un electorado cautivo de sus opositores, con poco margen de maniobra para defender sus intereses y en un blanco popular y preferido para los Republicanos.

Sólo en los lugares donde su musculatura organizativa o capacidad de motivación son importantes ha logrado el sindicalismo retener su posición como miembro con poder de veto genuino dentro de la coalición Demócrata local. Atar su fortuna al partido, sin embargo, no lo ha hecho menos vulnerable a intentos por quitarle su poder restante y desarticular su potencial político y organizativo. Un caso en particular puede ilustrar esto perfectamente.

En Noviembre, el Estado de Wisconsin no elegirá un representante en el Senado. Su delegación recién deberá renovar uno de sus escaños en 2016, en este caso el ocupado por el Republicano Ron Johnson. Tampoco se espera que sus competencias para la cámara de Representantes subviertan el statu quo, que envió 5 Republicanos y 3 Demócratas a Washington en 2012. Normalmente, esta combinación haría del distrito un lugar no demasiado interesante en el cual enfocarse durante un ciclo electoral, sobre todo en relación a otros de mayor actividad y carácter competitivo. Sin embargo, la potencial reelección de su controversial gobernador es una de las contiendas que despierta mayor interés en todos los observadores, puesto que puede proveer de información importante acerca del futuro institucional de los Estados Unidos y de una de las figuras que se perfilan como transformadoras del cuerpo político del país.

El hombre que busca la reelección este año es el Republicano Scott Walker. Fue electo al cargo en 2010, presentándose como un candidato comprometido con las alas fiscal y social conservadora del partido con considerable ecuanimidad, un hecho no menor en el faccionalista partido Republicano actual. Hijo de un minstro bautista y con fuertes conexiones con el Tea Party, su plataforma se centró en la reducción o eliminación de una importante cantidad de impuestos, llamando a trasladar los costos de la futura baja en recaudación a los empleados públicos y sus pensiones, medida nada popular ante los sindicatos que los representaban. Su creación de una narrativa en la que la sindicalización excesiva y la capacidad de los sindicatos de actuar como carteles eran consideradas las fuentes principales del mal desempeño económico fue muy efectiva,  proporcionándole un 53% del voto en un Estado que Obama había ganado por 14 puntos de diferencia en 2008. Dos años después, en una catástrofe histórica para el sindicalismo, logró derrotar una elección revocatoria impulsada por la AFL-CIO con apoyo y presencia personal de la plana mayor del partido Demócrata, luego de llevar a cabo la misma reforma impositiva y sindical que había propuesto durante la campaña y había sido raíz de tanta resistencia.

Aunque sus posibilidades este año no son tan buenas, su desempeño ante la Demócrata Mary Burke nos ha dado dos lecciones hasta ahora y nos dará más la semana que viene. La primera refiere a la capacidad de los candidatos y gobernantes conservadores de utilizar a los sindicatos como un ejemplo del fracaso o extrañeza de lo que se percibe como un pensamiento excesivamente colectivista. Los sindicatos han perdido la batalla de relaciones públicas a largo plazo y se encuentran pagando los costos por ello inclusive ante porciones del electorado con las cuales poseen muy poco contacto, como los jóvenes o los sureños, por lo que mientras no sean percibidos como parte de la vida política normal del país, su existencia estará en jaque. La segunda refiere a un reconocimento de sus limitadas potestades. El intento de revocar el mandato de Scott Walker fue fruto de la desesperación y causó el doble de daño por serlo, al forzar al resto del partido Demócrata a competir contra su voluntad. De haber esperado, los recursos disponibles para la campaña actual podrían ser mayores y estar más próximos a garantizar la salida de Walker luego de sólo 4 años en el poder. El sindicalismo parece haber reconocido su error y las limitaciones de su nuevo lugar en la política de Wisconsin (así como en el resto del país), y actúa en consecuencia, en coordinación con el resto del partido.

Sea cual sea el desenlace en Wisconsin, su interpretación girará alrededor del subtexto sindical y de las posibilidades del discurso anti-sindical. Los observadores mirarán los resultados, al menos en parte, para vislumbrar si el declive del sindicalismo ha llegado a su fin, o si aún no ha terminado.

afl-cio-Por Joaquín Harguindey

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