La hipótesis centrista y el caso de Dan Malloy

Una tentación repetida en la mayoría de los intérpretes del nuevo panorama político de los Estados Unidos durante las últimas semanas ha sido la de asignar la derrota electoral del partido Demócrata a la impopularidad de sus políticas. Según esta visión, un menor énfasis en asuntos asociados a la izquierda del centro político podría haber favorecido al partido de Obama, ya que hubiese estado en una posición más favorable para competir por los votos independientes sin perder el apoyo de sus votantes fieles de tendencias progresistas. El desapego o desinterés por esta estrategia, así como su correspondiente sustitución por otra en la que políticas divisivas y sectarias tenían un mayor rol, causó entonces la derrota de los Demócratas, limitando sus triunfos a los distritos en los que su base de votantes era suficientemente amplia como para garantizar una victoria de inclusive el más extremo de sus candidatos.

Una inspección más cuidadosa de los resultados y de los patrones formados por los eventos del 4 de Noviembre nos ofrece, sin embargo, interesantes anomalías. En primer lugar, el mismo electorado que le concedió una mayoría a los conservadores en ambas cámaras se comportó de forma diferente ante buena parte de las iniciativas y referéndums estatales. En distritos donde los candidatos Demócratas perdieron por márgenes vastos, tales como Arkansas o Dakota del Sur, los votantes se distanciaron de las posiciones de sus representantes al favorecer un aumento del salario mínimo, instrumento denunciado por buena parte de los Republicanos como una interferencia del Estado en el correcto funcionamiento de la economía. Simultáneamente, todas las iniciativas destinadas a restringir el derecho al aborto mediante el reconocimiento de la concepción como inicio de la vida fueron rechazadas por los votantes, inclusive en Dakota del Norte, un Estado que ha consistentemente preferido Republicanos en la Casa Blanca desde 1964.  Aunque su preferencia no necesariamente indique oposición al desarrollo de las políticas del partido Republicano (de hecho, las iniciativas son un indicador bastante malo del futuro comportamiento político del electorado estadounidense), sí demuestra que existe un potencial para un compromiso de ambos partidos alrededor de estos asuntos en caso de existir la voluntad política para hacerlo, y que parte del rechazo a los candidatos Demócratas puede encontrar su motivo en otras cuestiones menos ligadas a la composición o imagen de su plataforma.

En segundo lugar podemos encontrar un contraejemplo de severo contraste frente la hipótesis del rechazo a las políticas del partido liberal como motivación del electorado.  En Nueva Inglaterra, región del país de mayor fortaleza del partido Demócrata, los Republicanos lograron hacerse con la gobernación de Massachussetts e impidieron la reelección directa de Peter Shumlin (D) como Gobernador de Vermont, tal vez el Estado más liberal del país. En ambos distritos, especialmente en Massachussetts, los candidatos Demócratas no llevaron a cabo una campaña centrada en los asuntos más atractivos para su base de votantes partidarios, sino todo lo contrario; el eje de su mensaje se enfocó en obtener el apoyo de los independientes y detener su movimiento hacia un candidato Republicano socialmente liberal. En particular, buscaron distanciarse del Presidente Obama y hacer de la elección una contienda localizada en el distrito, al mismo tiempo moderando sus posiciones menos centristas o quedándose en silencio al respecto, tal como la hipótesis sugiere.

No obstante, esa estrategia parece haber sido menos exitosa que su opuesta. En la misma región y con índices de participación casi idénticos, el Gobernador Dan Malloy (D) logró ser reelecto en Connecticut luego de liderar la campaña menos centrista del país a nivel estatal. Un héroe del ala progresista del partido Demócrata, Malloy no se escondió de las estrictas restricciones a la portación y compra de armas impuestas por su administración luego de la masacre de Sandy Hook, así como tampoco de sus aumentos impositivos o su legalización de la marihuana para usos médicos. En los días inmediatamente previos a la elección contó con el Presidente como orador en sus actos de campaña, llamando al resto del partido a no rehuir de la asociación con su figura y sus logros. Su reelección, igual de ajustada que su elección en 2010, no mostró nuevas fisuras en el electorado de su partido y no perdió a ninguna cantidad significativa de votantes independientes de su coalición original.

Como fruto de esta evidencia, la postulación del desencanto generalizado con las políticas del partido Demócrata como causa de su debacle electoral deja bastante que desear. Una explicación más satisfactoria parece encontrarse en los reducidos niveles de participación y en la geografía política del ciclo electoral del año 2014. Otra, al menos en lo que refiere a los últimos ciclos electorales de medio término, parecería decirnos que el extremismo político es redituable en este tipo de elecciones, y no sólo para el partido Republicano.

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Por Joaquín Harguindey

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