La sociedad de los Estados Unidos durante la Era Progresista

Introducción

Hacia mediados de la década del diez, el año 1906 para ser más precisos, el sociólogo alemán Werner Sombart se preguntaba por qué los Estados Unidos de América carecían de un movimiento socialista o socialdemócrata. La sociedad norteamericana finisecular se encontraba inmersa en transformaciones profundas: la expansión del ferrocarril, las tensiones y conflictos propios del crecimiento urbano, la consolidación de enormes conglomerados capitalistas, la multiplicación de los obreros industriales y la finalización de la colonización fronteriza acortaban las distancias entre los paisajes de ambos mundos, el nuevo y el viejo. A los desafíos planteados por la industrialización y el crecimiento demográfico, comunes a ambos lados del atlántico, se le sumaban las oleadas inmigratorias y los subsecuentes interrogantes acerca de la integración étnica y política que los recién llegados planteaban a la sociedad norteamericana.

Sombart consideraba que en este contexto de máximo desarrollo capitalista la ausencia del socialismo como expresión política de masas era anómala. En el accionar del sistema político americano, en la formación y difusión de sus estilos de vida y en la organización de la industria el capitalismo racional moderno, temática de análisis que compartía con su colega Max Weber, era omnipresente; la recurrente debilidad de las expresiones socialistas, o su incapacidad para formar un movimiento masivo que disputase el control del gobierno federal, eran en su opinión anomalías creadas por las específicas condiciones de formación de la sociedad norteamericana y que, con el tiempo, estaban destinadas a desaparecer. Postulaba que del proceso de modernización acelerada que transitaba la sociedad norteamericana, sobre todo durante el cambio de siglo, emergería un movimiento político similar al de las principales potencias europeas

La sociedad de principios de siglo

Durante el período inmediatamente anterior a la última década del siglo XIX y las primeras del XX, que se llegaría a conocer como la “era progresista” o “Progressive era” en inglés, el crecimiento de la producción manufacturera y la industria eran notables, los asalariados empleados en el sector habían crecido sin detenerse desde 1870 y para el cambio de siglo alcanzaban poco más de 5 millones. El desarrollo de la industria, la expansión hacia el oeste y el crecimiento demográfico no hicieron esperar sus consecuencias más negativas: la influencia directa de las corporaciones económicas en las decisiones de los partidos y las políticas públicas, los primeros pánicos financieros y crisis económicas, la prominencia de la problemática obrera y la rápida transición de una cultura tradicionalmente agraria y rural a un paisaje urbano. Durante el período progresista, o la era de las reformas como también se lo conoce, el proceso de urbanización se desarrolló de forma significativa aunque con diferencias regionales profundas entre los distintos estados de la unión. Con el fin de siglo acercándose la sociedad de pequeñas ciudades rodeadas de granjeros y pioneros que había caracterizado a los Estados Unidos se desdibujaba para dejar paso a un conjunto poblacional cada vez más concentrado alrededor de grandes centros urbanos comerciales e industriales.

Población de los Estados Unidos de América por área geográfica según año censal. Año 1913
Año
1890 1900 1910
Área geográfica urbana 36,0% 40,5% 46,3%
rural 64,0% 59,5% 53,7%
Total 62797024 75989329 91971261
(Fuente: elaboración propia a partir de los datos presentes en el Statistical Abstract of the United States de 1913: https://www.census.gov/prod/www/statistical_abstract.html )

Sobre todo en los estados del Sur, principalmente como resultado directo de los trastornos y turbulencias que habían dejado las postrimerías de la Guerra Civil, se mantenía un perfil profundamente agrario. Las tensiones morales que caracterizarían a la época, en especial prohibición del alcohol, fueron muchas veces explicadas la heterogeneidad de esta transición del campo a la ciudad y los conflictos de valores emergidos del proceso de modernización.

Población del sur de los Estados Unidos de América por área geográfica según año censal. Año 1913
Año
1890 1900 1910
Área geográfica urbana 16,3% 18,0% 22,5%
rural 83,7% 82,0% 77,5%
Total 20028059 24514467 29389225
(Fuente: elaboración propia a partir de los datos presentes en el Statistical Abstract of the United States de 1913: https://www.census.gov/prod/www/statistical_abstract.html )

En el noreste la preponderancia de la industria y las manufacturas estimulaban la llegada en grandes cantidades de inmigrantes que contribuían a la rápida proliferación de las ciudades, la concentración demográfica en estos centros urbanos y la subsecuente pluralidad étnica que traían consigo, no ya de Escandinavia, Irlanda o las regiones alemanas sino de Europa Oriental y Meridional.

Población del noreste de los Estados Unidos de América por área geográfica según año censal. Año 1913
Año
1890 1900 1910
Área geográfica urbana 62,8% 69,1% 74,1%
rural 37,2% 30,9% 25,9%
Total 17346879 21046605 25867673
(Fuente: elaboración propia a partir de los datos presentes en el Statistical Abstract of the United States de 1913:https://www.census.gov/prod/www/statistical_abstract.html )

Así como la urbanización avanzaba con diferentes cadencias en cada parte del país las masas de inmigrantes también se asentaban de forma heterogénea, el peso que tenían los recién llegados se hacía sentir en algunas áreas mas no en otras. El sur fue ajeno a las importantes corrientes migratorias de cambio de siglo y a pesar de que el imaginario de los pobladores provenientes del viejo mundo los empujaba a buscar tierras en el oeste y centro del país muchos acabaron languideciendo en las nacientes urbes industriales del noreste o la región de los grandes lagos.

Población de los Estados Unidos de América por origen según región censal. Año 1910
Región
Noreste Medio Oeste Sur Oeste Total
Origen de la población Nativo 74,2% 84,3% 97,5% 79,4% 85,3%
Extranjero 25,8% 15,7% 2,5% 20,6% 14,7%
Total 25868573 29943642 29439330 6825221 92076766
(Fuente: elaboración propia a partir de los datos presentes en el Statistical Abstract of the United States de 1913:https://www.census.gov/prod/www/statistical_abstract.html )

Las tradicionales problemáticas del viejo mundo habían alcanzado al nuevo porque, en gran medida, la forma de la sociedad norteamericana de principios del siglo asumía rasgos de las viejas naciones del otro lado del océano. Hacia el año 1910 la población con ocupaciones en el mercado de trabajo, la forma de medir el empleo en aquel tiempo difería sustancialmente de la moderna, se distribuía de la siguiente manera:

Total de la población norteamericana mayor a 10 años con ocupaciones según grandes grupos ocupacionales. Año 1910
Grandes grupos ocupacionales Porcentaje
Gerentes, Propietarios y Directivos 1,0%
Profesionales y supervisores administrativos 6,1%
Empleados administrativos y de las ventas 11,6%
Artesanos y trabajadores de oficio 9,8%
Operarios calificados y capataces 17,0%
Obreros no calificados y trabajadores no calificados de los servicios 21,1%
Granjeros y capataces rurales 16,0%
Obreros rurales 16,2%
Otros 1,1%
Total 38172819
(Fuente: elaboración propia a partir de los datos presentes en el Statistical Abstract of the United States de 1913:https://www.census.gov/prod/www/statistical_abstract.html)

En paralelo a la consolidación de la clase obrera, con casi un 40% del total de la personas con ocupaciones, emergía la clase media urbana de profesionales y funcionarios, empleados de las firmas corporativas, vendedores o artesanos autónomo. Sin embargo el peso de los trabajadores agrarios, y los propietarios rurales o “farmers”, todavía es significativo, la modernización de la estructura social norteamericana estaba en marcha y es en el escenario heterogéneo que traía consigo que hizo aparición el movimiento autodenominado progresista o “reformista”.

El movimiento “progressive”

De los desordenes económicos y sociales que traía consigo el desarrollo de la industria emergieron autoproclamados reformadores que apuntaron a corregir o revertir muchos de los procesos en que la sociedad se encontraba inmersa o fenómenos particulares que percibían como altamente perjudiciales para la nación americana. Los progresistas de la época se encontraban imbuidos de una profunda creencia en la superioridad ética y moral de las reformas que perseguían, de las consecuencias inaceptables del maridaje de la doctrinas librecambista y “social darwinista”. Se reconocían inmersos en una batalla permanente entre “los intereses”, con los que solían asociar a las maquinarias políticas y las organizaciones corporativas, y el pueblo, que en formas más o menos ambiguas apelaban a algún recorte indefinido del electorado. En la maraña de reclamos y demandas que propulsaron al menos tres fueron los puntos que orientaban la reforma: luchar contra la corrupción, ampliar la participación popular en el gobierno y revertir el constreñido rol gubernamental, que en su opinión se encontraba en exceso limitado para paliar y combatir los males que aquejaban a la sociedad de la época. Estos a su vez se traducían en algunas medidas o programas concretos que se proponían regular y limitar la capacidad de acción de los “trusts” y monopolios económicos, crear primarias directas para elegir candidatos y representantes, la elección directa de senadores, instalar mecanismos de referendo para decisiones locales, regular la jornada laboral y el trabajo infantil o lograr el sufragio femenino.

Sin embargo derivar de esto unas creencias ideológicas, un programa y métodos universales a la totalidad del movimiento progresista sería un error: tanto en la interpretación de las metas que debían alcanzar como en la definición de las prioridades y los contrincantes a vencer los autodenominados progresistas poseían respuestas diversas, incluso, en ciertos casos, conflictivas entre sí. En problemáticas centrales del momento como la inmigración, el rol del movimiento obrero o la prohibición del consumo del alcohol los “progresistas” mostraban tantas fisuras como el resto de la sociedad americana y, en gran medida, reflejaban las paradojas y ambigüedades de un conjunto poblacional en plena transición. De la misma manera el alcance y profundidad de los resultados obtenidos por el movimiento de reforma se vio habilitado o contenido por el poder detentado por aquellos actores que se encontraban frente a los “progresistas”, especialmente las fortaleza de las maquinarias políticas locales que tanto demócratas como republicanos habían organizado a lo largo del período inmediatamente anterior.

Compitiendo a nivel local y estadual por alguno de los dos partidos mayoritarios, e incluso disputando las elecciones como terceros candidatos, los reformistas lograron torcer en la agenda pública desde mediados de la década del noventa a través de coaliciones heterogéneas que acompasaban intereses diversos, Los dos partidos mayoritarios se apresuraron en el cortejo de figuras públicas de renombre reformista y la postulación de candidatos de este perfil, en gran medida para evitar que el contrincante se le adelantara o el electorado se volcase por alternativas independientes. Así muchas de las normativas más perdurables del período avanzaron mediante sucesivas reformas en la esfera de cada estado, muchas de ellas, eventualmente, obtuvieron sanción federal: la elección directa de senadores, el postergado establecimiento de una ley de salario mínimo, la sanción del voto femenino o la regulación del trabajo infantil fueron resultados más o menos inmediatos de la era. Hacia fines de la década del diez el movimiento “progressive” había enarbolado y materializado demandas de sectores diversos en legislaciones específicas, mantenido un abordaje reformista ajeno al socialismo y obligado a las maquinarias de partido tradicionales a adoptar programas de contenido social y económico manifiestamente intervencionista o a aceptar modificaciones en el proceso electoral. Los partidos demócrata y republicano, por su parte, se mostraron lo suficientemente flexibles y abiertos a la ofensiva progresista como para canalizar a los políticos reformistas a sus propias filas, exceptuando la breve fractura del partido republicano en los comicios de 1912, evitando de esta manera el establecimiento de un tercer factor relevante en la competencia electoral. La incógnita que Sombart planteaba en plena transformación social y económica de los Estados Unidos respecto del socialismo o más bien, su patente debilidad, puede responderse en parte por la naturaleza que asumió el movimiento reformista en dicha nación y la astucia que mostraron las estructuras políticas establecidas para apropiar partes relevantes de dicha agenda, modificando posturas previas y ampliando los programas de gobierno.

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Por Ramiro Robles

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