Los limitados caminos a una Casa Blanca Republicana

Las desventajas estructurales del partido Republicano en el Colegio Electoral dificultan su triunfo presidencial en 2016.

Una de las pocas certezas que poseemos con respecto a la elección presidencial de 2016 en los Estados Unidos refiere a los resultados mínimos que ambos partidos esperan recibir en el colegio electoral. Esta institución es la base de un sistema de elección indirecta, que asigna un número determinado de electores a cada uno de los Estados y al Distrito de Columbia en base a su población, y posee la potestad de elegir al presidente y vicepresidente del país. La elección, por consiguiente, no es estrictamente una competencia por obtener una mayoría del voto popular (aunque sin duda es de ayuda), sino una combinación del voto de suficientes Estados como para obtener una mayoría de los 538 votos electorales (VE) en disputa.

Al ser esta una característica central del sistema, puede decirse que estamos no ante una sola elección nacional, sino un conjunto de 51 elecciones subnacionales simultáneas, sin una conexión formal entre ellas más allá de los candidatos y la fecha. Esto vuelve más fácil la labor de hacer generalizaciones, al reducir la volatilidad de las preferencias del objeto de estudio, puesto que el comportamiento electoral de la mayoría de los Estados es más estable y previsible que el del país en su conjunto.

Como consecuencia, de no mediar un cambio en las reglas de juego o un evento de proporciones históricas que altere los fundamentos de la política estadounidense en el próximo año y medio, un análisis retrospectivo de los resultados electorales del país nos permite pronosticar razonablemente el resultado de 40 de estos distritos, que en conjunto representan 392 votos electorales, ya mismo: El partido Republicano obtendrá un mínimo de 175 de ellos y el partido Demócrata un mínimo de 217. 2016EV Esta afirmación podrá parecer un tanto temeraria, después de todo aún no se han definido los candidatos de ninguno de los dos partidos ni está claro sobre qué tratará la elección, pero su respaldo histórico y demográfico es lo suficientemente fuerte como para disipar cualquier duda razonable. En cada uno de esos 40 distritos, el comportamiento de su electorado muestra tendencias claras a favor de uno de los dos partidos, tanto a través de márgenes de victoria amplios como el de una racha consistente de triunfos. A pesar de profesar la búsqueda del voto de todo el país por igual, los candidatos de ambos partidos probablemente no visitarán ninguno de ellos durante el período de campaña más intenso, ni gastarán allí sus recursos en propaganda o en desarrollar una red de activistas. Desde su punto de vista la elección ya ha ocurrido y cualquier esfuerzo por subvertir o fortalecer esa falta de competitividad posee una relevancia secundaria en un contexto donde hay premios mucho más atractivos y asequibles en juego.

Esta base de 217 VE Demócratas contra 175 VE Republicanos ofrece una leve ventaja estructural para los primeros, que teóricamente poseerían un trayecto más corto y con mayor margen para errores a la mayoría de 270 VE. La diferencia, sin embargo, no es de ninguna manera decisiva. Los once distritos restantes permiten tantas combinaciones posibles para un triunfo del partido Republicano, inclusive si ocurriera a través de un margen nacional pequeño como en 2004, que los efectos de esta ventaja numérica son virtualmente negligibles.

Sin embargo, disminuyendo ligeramente el grado de seguridad depositado en nuestras predicciones, puede concebirse un panorama distinto y altamente ventajoso para el partido Demócrata. De los once Estados hipotéticamente competitivos (swing states) que serán decisivos en la elección de 2016, existen serios motivos para dudar de la capacidad de triunfo del partido Republicano en cuatro de ellos: Pennsylvania, Winsconsin, Nevada y New Hampshire.

Los dos primeros han votado consistentemente al partido Demócrata desde la era Clinton, y es sólo la disminución en el margen de victoria en comparación a la década de 1990 que los ha vuelto competitivos a los ojos de la mayoría de los analistas. Evidencia de ello pudo ser vista en la campaña de 2012, cuando el candidato Republicano Mitt Romney eligió al Congresista de Wisconsin Paul Ryan como compañero de fórmula y asimismo cuando decidió enfocar sus últimas dos semanas de campaña en visitas y en un aumento del gasto en publicidad televisiva en precisamente estos dos Estados. Aunque su esfuerzo final por romper el dominio que el partido Demócrata ha ejercido allí por un cuarto de siglo en última instancia fracasó (valiéndole el mote de “swing states that don’t swing” a ambos distritos), múltiples analistas Republicanos coinciden en que la idea subyacente no era descabellada. Sea cual sea el caso, de enfocarnos en su historia electoral, que incluye una de las pocas derrotas Republicanas en la oleada de 2014 en la forma de la caída del Gobernador de Pennsylvania Tom Corbett (R) ante su rival Tom Wolf (D), nos encontraremos con que las probabilidades de que su electorado se realiñe de una forma favorable a los conservadores son escasas y que los Demócratas son claros favoritos en cuanto a fundamentales.

New Hampshire y Nevada, por otro lado, sí poseen un carácter histórico como distritos competitivos. Aunque rodeado por Estados de profundo arraigo liberal en Nueva Inglaterra, New Hampshire supo votar por el candidato Republicano George W. Bush en 2000 y la inclinación libertaria de su electorado se encuentra ampliamente documentada. Las ventajas para un/a contendiente del partido Republicano, por desgracia para él o ella, se detienen allí. El distrito decidió no reelegir al Presidente Bush en 2004 y votó abrumadoramente por el Demócrata Obama en 2008, mientras que su regreso a un punto intermedio en 2012 vio al presidente reelegido por casi 6 puntos de ventaja, tres más que la media nacional. En las elecciones legislativas de medio término de 2014, marcadas por triunfos Republicanos a lo largo del país e inclusive en lugares históricamente liberales como el vecino Massachussetts, la Senadora Jeanne Shaheen (D) retuvo su banca con comodidad frente a su contendiente Scott Brown (R). Si el partido Demócrata mantiene su disciplina en New Hampshire y, más fundamentalmente, si el Estado continúa volviéndose más y más parecido al resto de Nueva Inglaterra (algo que a todas luces parece bastante probable), es posible que la concepción competitiva del distrito no sea más que una reliquia de una época política y demográficamente ya concluida, y que ya no volveremos a verlo en la categoría de swing state en 2020 o 2024.

Por último, el caso de Nevada es el más débil de todos, puesto que una buena proporción de los observadores políticos estadounidenses coinciden en que los candidatos opositores bien podrían truncar las ventajas fundamentales de los Demócratas en caso de poseer ciertas características. No obstante, una observación de su historial electoral y demográfico nos señala dos cosas beneficiosas para el partido Demócrata. La primera refiere a la distancia en el tiempo de los últimos triunfos Republicanos (2000 y 2004), que ocurrieron cuando la composición demográfica del Estado era muy diferente a la actual. La explosión de la población latina durante la última década ha transformado a Nevada en un distrito mucho menos amigable al partido Republicano que antaño, erosionando la ventaja que los conservadores solían poseer. En segundo lugar y como consecuencia de lo anterior, el voto Demócrata se ha fortalecido, otorgándole victorias por márgenes amplios a Obama en 2008 (12,49%) y 2012 (6,68%), así como al líder de la minoría Demócrata en el Senado Harry Reid en la oleada Republicana de 2010 (5,74%).

Esto pone a Nevada en una situación similar a la de Nuevo México en los 2000, en la que el cambio demográfico aún no terminaba de consolidar lo suficiente al partido Demócrata como favorito estable, pero volviendo a su triunfo el resultado más probable.  La razonables objeciones de muchos estrategas Republicanos, sin embargo, señalan que la dependencia en el voto latino podría ser aprovechada por un candidato conservador (Marco Rubio, Jeb Bush) con la capacidad de interpelar a ese fragmento de la población y que, por consiguiente, catalogar a Nevada como un distrito proclive a votar al partido Demócrata es prematuro. Debido a ello, es prudente tratar al pronóstico del resultado de Nevada como el de menor certeza de todos los mencionados, lo que no quita que sus características fundamentales apunten en una dirección clara.

Este anexo a las predicciones previas arroja un resultado bastante distinto al anterior. Mientras que los Republicanos sólo incluyen un Estado más en su columna de distritos probables (Georgia, que el Republicano McCain ganó por un margen de 5% en la oleada Demócrata de 2008 y que ha recibido cierta atención por parte de estrategas de Obama y Hillary Clinton como fruto de sus cambios demográficos), lo que  eleva su cuenta a 191 VE, los Demócratas alcanzan un total de 257 VE, depositándolos a apenas 13 VE de una mayoría.   2016EV2 Este escenario, a diferencia del anterior, sí plantea una diferencia decisiva entre ambos partidos. Para los Demócratas, la pequeña distancia que los separaría de la Casa Blanca en una situación tal podría ser franqueada con una victoria en uno de los grandes e históricos swing states (Florida u Ohio) más allá de lo que ocurra en los demás distritos. El mismo resultado en Virginia o Carolina del Norte también los encontraría ganadores, algo que de todas maneras sería raro en extremo si ocurriese sin un triunfo simultáneo en al menos uno de los otros distritos grandes.

Alternativamente, una combinación de los dos distritos pequeños (Colorado y Iowa) también haría superfluo el resultado en los demás, otorgándoles la victoria. En definitiva, su ventaja estructural en el colegio electoral les otorgaría opciones estratégicas y espacio para cometer errores sin que necesariamente signifiquen una derrota.

Para los Republicanos, en cambio, esta situación disminuiría sus chances de lograr una combinación ganadora de Estados y consecuentemente, de acceder a la presidencia. Sus chances se encontrarían ligadas a su desempeño en cada uno de los Estados grandes, en los cuales no hay margen de error, y en al menos uno de los Estados pequeños.  Deberán balancear las demandas de todas las demográficas competitivas en cada uno de esos distritos, sin permitir que los Demócratas hagan incursiones en ellas de suficiente profundidad. La elección de un candidato capaz de ser atractivo a múltiples grupos dentro de la sociedad estadounidense, algo que ha sido de bastante dificultad para el partido en la última década, será primordial para intentar lograr ese objetivo.

Como conclusión, podemos afirmar que la ventaja estructural del partido Demócrata lo vuelve, al menos en lo que concierne a lo sistémico, el favorito de cara a 2016. Esto, por supuesto, no significa en absoluto que la demografía o la historia sean el destino obligado de los electores estadounidenses. El famoso estadístico Nate Silver lo expone muy claramente en su artículo “No hay ninguna Muralla Azul” (There is no ‘Blue Wall’) del 12/05/2015 en su blog al decir:

¿Pero por ahora? El Colegio Electoral no es algo de lo que valga la pena preocuparse mucho. Si uno ve a analistas hablando acerca de la “muralla azul”, lo que realmente están diciendo es que los Demócratas han ganado una seguidilla de elecciones últimamente – un hecho obvio que probablemente no posee mucho poder predictivo frente a lo que ocurrirá esta vez. http://fivethirtyeight.com/features/there-is-no-blue-wall/

Un argumento razonable que va a la cuestión central del asunto: La utilidad del pasado para predecir el futuro. Silver afirma que las similares jactancias del partido Republicano durante el período 1968-1988 (en el que poseían una clara ventaja estructural en el Colegio Electoral) no llevaron a nada cuando el Demócrata Bill Clinton se alzó con una mayoría en 1992 y modificó el mapa permanentemente. Un punto válido, pero que ignora dos elementos fundamentales. El realiñamiento de 1992 requirió de un tercer candidato (Ross Perot, del partido de la Reforma) que quebrara el dominio Republicano, y ocurrió en un contexto de polarización muchísimo menor a la actual, en la que los votantes poseían creencias menos solidificadas y podían contemplar cambiar de partido político. ¿Se parece 2016 a 1992?

Todo parecería indicar lo contrario. U.S. Republican Presidential candidate Mitt Romney pauses during his reaction to the Supreme Court's upholding key parts of President Barack Obama's signature healthcare overhaul law in Washington June 28, 2012. Romney said on Thursday that the American people must defeat President Barack Obama in order to overturn his landmark healthcare overhaul. REUTERS/Jonathan Ernst    (UNITED STATES - Tags: POLITICS HEALTH)

Por Joaquín Harguindey

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