El Congreso luego de 2016

A más de 500 días de las elecciones generales en los Estados Unidos de 2016, un pronóstico razonable sobre su eventual resultado no puede hacer otra cosa que arrojar una situación de 50-50 de probabilidades para cada uno de los partidos en su lucha por conquistar la Casa Blanca.

Sencillamente, a pesar de las ventajas estructurales y demográficas que posee el partido Demócrata con respecto al colegio electoral, las chances de que un/a postulante del partido Republicano pueda triunfar no son suficientemente inferiores como para que la diferencia sea significativa, sobre todo si consideramos los múltiples eventos sorpresivos que caracterizan a las campañas presidenciales y que podrían afectar negativamente al oficialismo. Tal vez recién podremos hacer afirmaciones de algún tipo de solidez luego de que termine el período de primarias, hayan transcurrido las convenciones partidarias y la campaña entre los/las dos contendientes esté en marcha.

Con respecto a los resultados que se esperan del Congreso, sin embargo, las sorpresas potenciales son mucho menores. Esta institución legislativa, como mínimo igual de poderosa que el ejecutivo, someterá al voto a la totalidad de sus 435 escaños de la Cámara de Representantes y a 34 de sus 100 escaños del Senado. Debido a múltiples motivos indicados posteriormente, la formulación de un panorama general de los resultados esperados aquí no sufre de las mismas dificultades ni de la misma aleatoriedad que afectarían a un intento de hacer lo mismo con respecto al futuro de la Casa Blanca.

La Cámara de Representantes es tal vez la institución más predecible del ciclo. Sea cual sea el resultado en el Senado y en la competencia presidencial, de no mediar un evento catastrófico para los Republicanos tal como la fragmentación del partido o una fuga masiva de sus votantes por alguna razón, es inimaginable que pierdan la mayoría que poseen desde 2010. Esto se debe principalmente a dos factores, que se influencian y fortalecen el uno al otro.

El primero refiere al incremento de la polarización política que los Estados Unidos han sufrido desde la elección de Barack Obama y el surgimiento del Tea Party. Salteando las causas del fenómeno, las cuales todavía se encuentran furiosamente en disputa, una de sus consecuencias es bastante clara e incontrovertida; los distritos conservadores se han vuelto más conservadores y los distritos liberales se han vuelto más liberales, disminuyendo considerablemente el número de distritos competitivos en cada elección posterior.

Esto hizo que los escaños de las zonas rurales o suburbanas, notoriamente más conservadoras que el resto del país, quedaran consistentemente en manos de candidatos del partido Republicano por amplios márgenes, mientras que una situación análoga ocurría a favor de los candidatos Demócratas en los escaños de las zonas urbanas. No obstante, el hecho de que los distritos rurales tiendan a estar sobrerrepresentados en términos poblacionales otorgó una significativa ventaja a los Republicanos en cada uno de los ciclos recientes, contribuyendo a sus victorias en la cámara baja en 2010, 2012 y 2014. Nada parece indicar que los ánimos políticos vayan a aminorar entre la fecha y 2016, por lo que una mayoría conservadora es el escenario más probable debido a ello.

El segundo factor refiere al diseño geográfico de los distritos y posee un claro responsable político. También requiere de una breve explicación sobre el sistema electoral de la Cámara de Representantes: Al ser de carácter uninominal mayoritario, cada porción del territorio es representada por un solo legislador, el cual sólo precisa ser el más votado para obtener la banca. Al haber un solo premio indivisible, quién queda dentro y quién queda afuera del distrito es de altísima importancia, ya que muchos grupos demográficos votan de forma bastante predecible y su presencia (o ausencia) puede garantizar una ventaja para uno de los dos partidos.

Las instituciones que generalmente poseen la potestad para determinar qué zona corresponde a cada escaño son las legislaturas estatales. La oleada Republicana en las elecciones de medio término de 2010 puso a la mayoría de ellas en manos de los conservadores, en un momento clave para favorecer a su partido estructuralmente. Al coincidir su toma de posesión con el censo decenal del país, el cual provee la información poblacional utilizada para determinar la cantidad de escaños que le corresponden a cada Estado, así como el área mínima que debe abarcar cada uno, el liderazgo Republicano en múltiples legislaturas tuvo la oportunidad de utilizar las comisiones encargadas del diseño de los distritos congresuales para crear, modificar y en algunas ocasiones inclusive suprimir distritos discrecionalmente (un proceso conocido como gerrymandering).

El 12° Distrito de Carolina del Norte, una concentración de votos Demócratas que asegura los distritos Republicanos que lo rodean.

Gerrymandering: El 12° Distrito de Carolina del Norte, una concentración de votos Demócratas que facilita el triunfo Republicano en los distritos que lo rodean.

Esta grosera maniobra, de ninguna manera exclusiva al partido Republicano aunque sin precedentes en cuanto a su escala, logró que el voto Demócrata perdiera efectividad de traducirse en escaños, sea a través de su dispersión entre distritos seguros para los candidatos Republicanos o de su concentración en distritos seguros para los candidatos Demócratas, de tal manera que distritos competitivos se volvieran más conservadores.

La conjugación de estos dos elementos hace casi imposible que el partido Republicano pierda su mayoría en la Cámara de Representantes, inclusive si el ciclo electoral de 2016 arrojara una Casa Blanca y Senado bajo firme control Demócrata. De acuerdo a los resultados de las elecciones legislativas de 2012 y 2014, ocurridas luego del rediseño de los distritos, la ventaja estructural del partido Republicano le permitiría a los conservadores mantener la mayoría aún si perdieran el voto popular por entre 8 y 9 millones de sufragios (asumiendo una distribución igual entre todos los distritos). Una victoria Demócrata modesta tal como la de 2012, en la que los candidatos Demócratas a la Cámara obtuvieron un millón trescientos mil votos más que los candidatos Republicanos, apenas haría mella en la mayoría actual de 58 escaños opositores, tal vez apenas disminuyendo su mayoría en alrededor de una docena.

En cuanto al Senado, las predicciones cuentan con menos certezas, pero no por ello impiden un pronóstico mínimo razonable. De no incluirse alguna elección especial por muerte o renuncia, estarán en juego apenas más que un tercio de las bancas, 24 en posesión de Republicanos y 10 en manos de Demócratas.

Mapa de los escaños del Senado en disputa en 2016, dividos por partido que lo controla actualmente.

Mapa de los escaños del Senado en disputa en 2016, dividos por partido que lo controla actualmente.

En su vasta mayoría, esos 24 escaños conservadores fueron obtenidos en la coyuntura altamente favorable de 2010, durante el pico de descontento con la administración de Barack Obama y en pleno auge del Tea Party. Geográficamente, esto significa que muchas de las bancas que los Republicanos deberán defender se encuentran en distritos que serán ganados con toda seguridad por la fórmula presidencial Demócrata, más allá de quién la componga o cuál resulte ser su desempeño a nivel nacional. Como resultado, es altamente probable que la mayoría actual que los conservadores poseen en la cámara alta se vea disminuida o se pierda por completo, si el/la postulante presidencial Demócrata logra arrastrar suficientes votos hacia el resto de la boleta en lugares tales como Illinois, Pennsylvania, New Hampshire, Wisconsin, Ohio, Carolina del Norte y la Florida. En vista de que la participación de los votantes Demócratas tiende a aumentar en años presidenciales, puede afirmarse que el partido de Barack Obama correrá con ventaja en esta competencia.

Paralelamente, los Demócratas no tienen mucho de qué preocuparse aquí en 2016, en gran medida debido a que su desastrosa performance en 2010 no les ha dejado muchos escaños para perder. Sólo dos lugares, Nevada y Colorado, podrían verosímilmente pasar a la columna Republicana en 2016, aunque una situación tal probablemente también precisaría de una victoria arrolladora del partido a nivel presidencial, algo que no han sido capaces de producir desde hace décadas.

Como conclusión, podemos decir que una mirada hacia el futuro de ambas cámaras nos ofrece dos panoramas opuestos. Mientras que el escenario pronosticado en la Cámara de Representantes favorece al dominio Republicano, la situación en el Senado favorece lo inverso, más allá de lo que pueda ocurrir con respecto al ejecutivo.
El grado de certeza de las aseveraciones, por supuesto, podrá ser ajustado en la medida que ocurran eventos de trascendencia, pero por ahora una afirmación general puede arriesgarse con confianza: El escenario más probable luego de 2016 es la continuación del gobierno dividido que los Estados Unidos han tenido desde 2010, sea a través del control Republicano de la Cámara de Representantes o el control Demócrata del Senado.

US_Capitol_South

Por Joaquín Harguindey

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