La promesa del voto latino

A lo largo de la mitad restante de este año y los siguientes diez meses del próximo, los medios hispanohablantes del continente nos proveerán de abundante cobertura con respecto a la competencia por la Casa Blanca en 2016. La información provista recorrerá la totalidad del espectro de calidad, desde lo excelente hasta lo ficticio, y se enfocará en múltiples asuntos de variada relevancia para el desarrollo del período.

Casi toda ella, sin embargo, se centrará o hará referencia a una afirmación común reiterada a lo largo de las últimas seis o siete contiendas presidenciales; la creciente y decisiva importancia del voto latino para las estrategias de ambos partidos. Este elemento habitual en la mayor parte de la producción mediática sobre el asunto en español viene acompañado de buenas y malas noticias para los lectores o televidentes latinoamericanos que quieran mantenerse informados.

Una breve historia del voto latino

La mala noticia es que esta afirmación ha sido hecha de forma exagerada, cuestionable o totalmente en mala fe desde su incorporación rutinaria a los medios en los tempranos años 90. Esto ha dado pie al surgimiento de una percepción desproporcionada de la importancia del electorado latino, tanto en nuestro país como en el resto de latinoamérica, que tiende a obstaculizar la comprensión genuina de los eventos mediante información poco fidedigna.

Como consecuencia, no es arriesgado contemplar buena parte de la información producida para consumo latino como proclive a enfatizar cuestiones interesantes o accesibles para su audiencia, las cuales no necesariamente coinciden en cuanto a relevancia o popularidad para el electorado en su totalidad. Una breve mirada al historial electoral de los Estados Unidos puede evidenciarlo.

Desde una perspectiva histórica y demográfica, la afirmación de importancia del voto latino durante el último cuarto de siglo está cargada de limitaciones. Para comenzar, su población sufre de una de las tasas de participación más bajas del país, lo cual debilita su impacto político por vía electoral. En las elecciones de 2012, a pesar de ser alrededor del 17% de la población total, el electorado estadounidense sólo consistió en un 8% de latinos (aunque un número ligeramente mayor estaba registrado para votar), porcentaje similar al de otros años de elecciones generales o legislativas de la última década. Esta situación, en la que menos de la mitad de los latinos normalmente se presenta en las urnas, encuentra sus causas en la falta de organización política de esta minoría, en la gran porción de sus integrantes que no posee el derecho a votar por motivo de su status legal y en el hecho de que muchos de los que sí lo poseen no cuentan con el tiempo ni el interés suficiente para acercarse a votar en el día de la elección, el cual siempre es un martes laborable.

Participación del electorado latino en años presidenciales. Fuente: Pew Research Center

Participación del electorado latino en años presidenciales (1988-2012 ) Fuente: Pew Research Center

El carácter apático del electorado latino también se ve reforzado por la ineficiente distribución poblacional de sus integrantes. Con la excepción particular de la Florida (a explorarse en breve), la vasta mayoría de los latinos se encuentran concentrados en seis Estados proclives a votar sólidamente a favor de uno de los dos partidos: California, Texas, Illinois, Arizona, Nueva Jersey y Nueva York. Esta concentración desigual deposita a casi el 70% del electorado latino en distritos no competitivos en años presidenciales y raramente competitivos en cuanto a elecciones al Senado, lo que ha vuelto a su voto un tanto superfluo en múltiples ocasiones.

Asimismo, alrededor de un 20% adicional de los latinos se encuentra disperso entre Estados donde la minoría constituye una porción del electorado de poca relevancia, sea cual sea el grado de competitividad del distrito. El efecto conjunto de estos dos factores sin duda contribuye a desincentivar la participación de casi el 90% del grupo demográfico, circunscribiendo su peso político a las competencias estatales o a la Cámara de Representantes, creando un círculo vicioso entre la apatía electoral y el triunfo abrumador de uno de los dos partidos y obstaculizando el surgimiento de líderes políticos latinos con ambiciones nacionales.

La excepción, tal como fue mencionado antes, parecería ser el Estado de la Florida. La hipótesis de importancia disminuida por apatía y mala concentración geográfica a primera vista no correspondería con la realidad allí, puesto que la gran relevancia de la Florida es remarcada correctamente por todos los analistas ciclo tras ciclo. Sin duda alguna este distrito ha cumplido un rol clave en múltiples elecciones presidenciales, de forma notoria en el año 2000, y una mirada a su demografía política también nos indicará que efectivamente posee un electorado latino robusto, de carácter competitivo y con tasas de participación elevadas.

A pesar de ello, si inspeccionamos con más detalle la composición de ese electorado, encontraremos una característica que lo vuelve considerablemente diferente a todos sus homólogos en el resto del país y, por consiguiente, un ejemplo lo suficientemente particular como para volver problemáticas las comparaciones con los demás. Esa característica encuentra su origen en la revolución cubana de 1959. El violento período final de la dictadura de Batista y la posterior instalación de un régimen comunista en la isla tuvieron el efecto de expulsar a cientos de miles de cubanos hacia el distrito, los cuales recibieron status legal y apoyo oficial a su integración de una forma completamente distinta a la del resto de los subgrupos dentro del electorado latino, la gran mayoría de los cuales contaron con menos beneficios y mucho menor amparo legal.

Paralelamente, el origen socioeconómico de la mayoría de esos exiliados se encontraba en las capas medias de la sociedad cubana, lo cual generalmente incluía cierto nivel educativo, algún grado de inquietud política y por lo menos un conocimiento rudimentario del sistema político estadounidense, un punto de partida distinto al de la inmensa mayoría de los inmigrantes latinos a los Estados Unidos durante el siglo XX. Esta procedencia disímil, aunque no tan marcada en sus efectos como durante la guerra fría, determinó la existencia de un importante número de distancias entre los cubanos y los latinos en general frente a su experiencia en los Estados Unidos, distancias que en muchos casos continúan vigentes hoy en día.

La cuestión migratoria, tal vez el elemento de interés más particular al electorado latino en general, no despierta muchos ánimos entre los votantes Cubano-Estadounidenses y las diferencias en cuanto a nivel de empleo, ingresos y de educación, así como (según algunos analistas fundamentalmente) la existencia de un lobby cubano organizado y poderoso contribuyen a crear un abanico de preocupaciones distintas para esta minoría que para el electorado latino en general.

La divergencia producida por ello en buena medida vuelve al voto latino en la Florida el voto cubano en la Florida, algo que no puede ser calificado de lo mismo. La minoría de origen o ascendencia cubana participa mucho más que el resto de los electores latinos, puede financiar o desfinanciar candidatos de forma famosamente efectiva y tiene suficiente potestad para impedir que cualquier postulante evada explicar sus posiciones sobre asuntos que le interesan. Aunque posee muchos puntos en común con el electorado latino en su conjunto, sus fracturas políticas entre liberales y conservadores corren por otros asuntos, principal aunque no únicamente la política de exterior de los Estados Unidos hacia Cuba y América Latina.

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Estadísticas detalladas sobre la participación de diferentes subgrupos dentro del electorado latino. Fuente: Pew Research Center

Como consecuencia, aunque las tendencias de los últimos años muestran que la paulatina desaparición de las generaciones más ligadas a los eventos de la revolución cubana vuelve al electorado cubano más similar al resto de los subgrupos de la minoría, las peculiaridades del electorado latino en la Florida hacen de él más un ejemplo de la integración y poderío de la minoría cubana que de la capacidad de los latinos en general de determinar el panorama político de los Estados Unidos.

Los tres elementos mencionados nos dejan muy poco como respaldo a la afirmación de importancia, tal vez el voto latino en los Estados de Colorado y Nuevo México en la elección del 2000 es el caso más fuerte a su favor. Pero una mirada al pasado, particularmente a las coaliciones que llevaron al poder a Barack Obama, no podría hacer otra cosa que favorecer mucho más una opinión que resaltara la importancia del voto de la minoría afroamericana o de los jóvenes, en detrimento del voto latino.

Desde ya, ello no implica que los millones de votantes carezcan por completo de relevancia. Sin los electores latinos, la composición del Congreso favorecería mucho más al partido Republicano y la configuración partidaria del país sería muy distinta, aunque difícil de establecer de forma contrafáctica. Pero en cuanto a las elecciones presidenciales, la importancia de ellos se ha prometido múltiples veces con escasos resultados. Tal vez un veredicto justo sería el de considerar al voto latino el menos relevante de todos los factores relevantes en las contiendas presidenciales hasta la fecha.

El voto latino en 2016

La buena noticia, no obstante, es que 2016 bien podría volverse el año en el que esta percepción coincida con el panorama real por primera vez. De ser así, es posible que el nuevo rol decisivo de esta minoría pueda transformar la situación política de los Estados Unidos de ahora en adelante, generando condiciones de discusión más favorables a sus intereses, modificando el balance de poder entre los partidos e inclusive convirtiendo a uno/a de sus miembros en Presidente.

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Marco Rubio (R) es el latino mejor posicionado en los sondeos presidenciales de cara a 2016.

El posible cumplimiento de esta promesa, frustrada ciclo tras ciclo, puede asignarse tentativamente a dos factores. El primero obedece al crecimiento demográfico de la minoría latina, no ya sólo en los distritos tradicionales y poco competitivos, sino en lugares como Nevada, Colorado, Carolina del Norte o Georgia. Aunque aún se encuentran lejos de ser siquiera la primer minoría en esos Estados y continúan sufriendo tasas bajas de participación, los latinos representan una porción suficientemente grande del electorado como para ser de interés a un estratega que busque triunfar en cualquiera de esos distritos. En una elección ajustada, la plataforma de los dos partidos frente a los asuntos de importancia para la minoría latina posiblemente podría ser el factor determinante en 2016.

Este hecho es particularmente importante para el partido Republicano, el cual se ha resultado desfavorecido por los cambios demográficos y ha visto a su bloque de votantes predominantemente blanco dejar de ser suficiente para garantizar una victoria. Tal como concluyó el análisis partidario post-derrota en 2012, el partido debe mejorar su performance en el voto de las minorías para ser una alternativa creíble a los Demócratas, una necesidad que sólo aumentará en urgencia en la medida en que pasen los años y los Estados Unidos continúen su transformación demográfica. Al contar sus opositores con una ventaja estructural en el colegio electoral que les provee de mayor margen de error y oportunidades, la necesidad de resultar atractivo al voto latino en el Oeste del país (Nevada, Colorado) podría ser esencial para el/la postulante de los conservadores.

El segundo factor que puede volver al voto latino el factor determinante en 2016 involucra a las características del partido Demócrata durante la era Obama. La inmensa carga simbólica que poseía el candidato en las elecciones de 2008 y 2012 sin duda fue clave para aumentar las tasas de participación entre la minoría afroamericana. Esa participación elevada, histórica de hecho, fue el componente principal en las amplias victorias de Obama en el colegio electoral y le permitió triunfar en distritos hostiles al partido Demócrata durante las dos elecciones previas tales como Virginia o Carolina del Norte.

Sin embargo, a pesar de que la popularidad de Obama es casi universal entre los miembros de esa minoría y el Presidente hará campaña por quien sea el/la candidato/a Demócrata, es altamente probable que presenciemos un declive en el entusiasmo político afroamericano de cara a la elección de su reemplazante, lo cual significará una menor presencia de sus votantes tanto en las primarias como en las generales. Esta ausencia, la cual se supone inevitable según los datos de múltiples analistas inclusive si el candidato fuera otro afroamericano (Deval Patrick, ex-Gobernador de Massachussetts se menciona como lejana posibilidad), volvería más difícil la tarea del partido en prácticamente todos los distritos competitivos y presentaría un problema grave para los Demócratas, quienes ya de por sí se encuentran preocupados por el bajo entusiasmo en toda su coalición debido a una primaria procedimental con una sola candidata de relevancia.

Para contrarrestar el problema, una posible solución podría involucrar una combinación de un elevado voto femenino (nuevamente debido a una enorme carga simbólica) y el voto de la minoría latina, tanto mediante grandes márgenes a favor del partido como de una mayor participación por parte de este electorado. Forjar esta nueva coalición de victoria requeriría la atraer el interés de este grupo hasta ahora desorganizado y apático con un programa ambicioso que responda a sus preocupaciones, lograr la eliminación de múltiples obstáculos en cuanto a documentación para votar y tal vez incluso ofrecer a un latino o latina como postulante a la Vicepresidencia para reforzar la carga histórica y emocional de la fórmula.

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Julián Castro (D), actual Secretario de Vivienda y ex-alcalde de San Antonio, ha sido mencionado como posible compañero de fórmula de Hillary Clinton.

En base a las características de la competencia que se vislumbran por ahora, un análisis cauto puede afirmar que esta estrategia se encuentra entre las más atractivas, al menos en la medida que el partido Republicano no conceda la contienda a través de la alienación del electorado latino. Ello hace posible afirmar que (por primera vez) existe la posibilidad genuina de que la ciudadanía latina sea decisiva en una elección presidencial y abandone su promesa postergada. Las primarias de ambos partidos y su amabilidad para este electorado nos dirán más en los meses por venir.

Por Joaquín Harguindey

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