La masacre de Orlando y sus ramificaciones políticas

Trump-CNN-Orlando

En los pocos días posteriores al ataque terrorista en la discoteca Pulse de la ciudad de Orlando, las principales figuras políticas de los Estados Unidos reflejaron de forma considerablemente fidedigna los papeles que han buscado o les ha tocado cumplir dentro del juego político en general.

El caso ejemplar, sin duda alguna, es el de Donald Trump. El ganador de la primaria Republicana se mantuvo coherente con respecto a las líneas fundamentales de su discurso nativista, antimusulmán e incendiario, llamando a prohibir la entrada al país de extranjeros provenientes de cualquier parte del mundo con un “historial comprobado de terrorismo”, a ponerle fin a la entrada de musulmanes de cualquier tipo y por último a forzar a la comunidad musulmana estadounidense a dejar de ser cómplice de estos ataques y exponer a sus miembros problemáticos.

Paralelamente, Trump también se felicitó a sí mismo por considerar que había pronosticado el ataque en algún sentido a lo largo del último año de campaña y dejó entender que sospechaba la participación a favor del Estado Islámico del Presidente Obama, en forma activa o pasiva.

En ningún momento Trump intentó privar sus comentarios de los elementos político-partidistas usualmente considerados fuera de lugar en el período inmediatamente posterior a las tragedias nacionales, dejando en claro que no tiene interés o capacidad para transformarse en un candidato presidencial más ortodoxo luego del fin de las primarias. De hecho, el nominado Republicano dejó en claro que cree que parte del problema es la cultura de corrección política y pudor que entorpecen el liderazgo decisivo necesario para solucionar los desafíos como el que causó la masacre de Orlando.

Por otro lado, Paul Ryan continuó su estrategia de estar en abierto desacuerdo con Trump sin asumir un tono excesivamente crítico. El Presidente de la Cámara de Representantes y ex-candidato presidencial, que optó por no competir en la primaria de este año, es lo más cercano a un contrapeso moderador que el partido posee de cara a Trump y su pertenencia al ala del partido desinteresada en la xenofobia lo ha hecho contradecir al magnate en múltiples ocasiones desde que Ryan templadamente anunció su apoyo al nominado presidencial.

En esta ocasión, Ryan se opuso tanto a la prohibición de entrada a extranjeros bajo un régimen arbitrario como a la instauración de lo que considera un test religioso de admisión y a la persecución de la minoría musulmana estadounidense, argumentando que todas las iniciativas no sólo se oponían a los principios del partido Republicano sino también a los de los Estados Unidos en general. Asimismo, aunque criticó lo que percibe como una ausencia de estrategia de la administración Obama en su lucha contra el Estado Islámico y el terrorismo en general, Ryan optó por no expresar su opinión sobre la teoría de Trump sobre Obama como simpatizante de el Estado Islámico.

Ryan continuó de esta manera la lenta agonía del liderazgo del partido, cuya fortuna estará unida a Trump hasta al menos la elección de noviembre. Aunque es probable que él y la mayor parte de sus colegas partidarios estén convencidos de que la respuesta de Trump al ataque de Orlando fue espantosa e indigna de un potencial presidente, su capacidad para repudiar los dichos del candidato se vio limitada por los intereses comunes al partido en general y a la necesidad de mantener cuanta más paz interna sea posible. Ryan ya lo había hecho luego de las declaraciones de Trump sobre el juez Gonzalo Curiel y no fue difícil hacerlo en una segunda ocasión.

Del lado Demócrata en cambio, Obama y Clinton ofrecieron variaciones sobre una misma estrategia general y concentraron buena parte de su esfuerzo discursivo en condenar los dichos de Trump de la forma más inequívoca posible.

El Presidente, visiblemente enojado, acusó a Trump de fomentar la discriminación a través de sus propuestas concernientes a la comunidad e inmigración musulmanas y de hacer uso de una retórica peligrosa, reaccionaria y opuesta a los valores fundamentales de los Estados Unidos. Reiteró, como hizo en cada ocasión luego de un tiroteo durante su mandato, su deseo de implementar una política de control de armas más robusta y eficaz para impedir este tipo de atentados.

De todas maneras, es casi imposible que Obama espere cualquier tipo de reforma significativa como resultado de este evento. Sus últimos seis años en la Casa Blanca han transcurrido con el control parcial o total del Congreso por parte de los Republicanos y estos no poseen muchos puntos en común con el programa de gobierno presidencial.

En lo que refiere a la política de control de armas, los opositores a Obama no sólo están en desacuerdo con la opinión del Presidente, sino que albergan un fuerte y militante interés en impedir cualquier tipo de legislación que limite los derechos asociados a las armas en los Estados Unidos. Esta intransigencia quedó plenamente demostrada luego de la masacre de Sandy Hook de 2012, en la que las víctimas fueron en su mayoría alumnos de 6 a 7 años de una escuela primaria, por lo que es altamente improbable que Obama posea alguna expectativa de modificar la situación por vía retórica.

En cambio, es mucho más probable que tanto Obama como Clinton hayan concluido que el uso electoral de este evento y sus ramificaciones sean su único potencial como vía para alterar la situación.

En este sentido,  el abordaje discursivo de Clinton reflejó el carácter electoral más arriesgadamente. La candidata Demócrata, luego de condenar los dichos de Trump y proponer una política de control de armas análoga a la buscada por Obama, incorporó el uso del “islam radical” como nomenclatura para el enemigo a derrotar. Esta separación semántica del Presidente, quien no usa esa categoría jamás al no desear otorgarle ningún tipo de asociación al islam a organizaciones como el Estado Islámico, es tal vez señal de un potencial cambio en el abordaje Demócrata al problema del terrorismo y el rol del islam en los Estados Unidos.

De ser así, Clinton podría eventualmente aprovechar su percibido rol como líder del ala intervencionista del partido Demócrata para conducir la política exterior estadounidense hacia un período de confrontación más directa con organizaciones como el Estado Islámico y de menor dependencia en los actores locales. En términos políticos, los eventos de esta semana marcarían también un distanciamiento del giro hacia la izquierda tomado por Clinton en la primaria y a grandes rasgos confirmaría su papel como una figura pragmática (sus detractores dirían carente de posiciones fijas) consciente de las preocupaciones del electorado por fuera del partido Demócrata.


Por Joaquín Harguindey

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