El panorama inicial

El comienzo de la competencia entre Hillary Clinton y Donald Trump, su estado y lo que puede vislumbrarse a menos de cien días de la elección presidencial.

clinton

Ya con el período de primarias en el pasado y transcurrida la nominación oficial de los candidatos Demócrata y Republicano, la campaña de cara a la elección general de noviembre se encuentra definitivamente en marcha y exhibe algunas características que pueden actuar como indicadores para cualquier observador.

Ello nos permite formular (con un saludable grado de cautela) algunas afirmaciones generales sobre el estado de la competencia presidencial entre Donald Trump y Hillary Clinton, fundamentalmente con respecto al rango de probabilidades de los escenarios posibles y qué factores podrían estar involucrados en su desarrollo.

Por desgracia, no todas las afirmaciones factibles cuentan con el mismo grado de certeza. Aunque se argumentará aquí a favor de una concepción bastante estática y predecible del electorado estadounidense en general, no se negará en absoluto la existencia de elementos dentro de él genuinamente capaces de modificar el resultado en base a su accionar electoral. Como consecuencia, intentaremos avanzar desde lo más certero a lo más especulativo, desde lo más establecido en la evidencia a lo más intuitivo y desde lo más general a lo más específico, dejando al lector fijar las fronteras entre las hipótesis razonables y aquellas que sólo desee ver como conjeturas sin respaldo.

Lo que (casi) ya sabemos

Una mirada a la geografía política de los Estados Unidos durante cualquier período en su historia nos alertará acerca de la existencia de porciones del país más conservadoras o más liberales que la media nacional. Esta constante, de ninguna manera específica al país, siempre ha actuado como un factor condicionante de la performance de los partidos políticos, formando bastiones de apoyo, impidiendo la formación de supermayorías y concentrando la competencia en los distritos de menor distancia ideológica del centro.

A lo largo de las últimas dos décadas, sin embargo, el país ha enfrentado un creciente nivel de polarización cuyo efecto principal ha sido el de reforzar la lealtad partidaria, eliminar el tránsito de votos entre fuerzas en cantidad significativa y reducir la cantidad de votantes efectivamente independientes dentro del electorado. La presidencia de Obama, así como la insurgencia ultraconservadora que despertó entre sus detractores, probablemente ha llevado a este fenómeno a sus niveles más altos en mucho tiempo.

Las consecuencias de ello a nivel presidencial son claras y se ven reforzadas por el sistema mediante al que se elige al Presidente. Esta persona, recordemos brevemente, es electa por vía de un colegio electoral en el que los 50 Estados y el Distrito de Columbia se distribuyen un total de 538 votos electorales (VEs) en base a su población, con un mínimo de 3 VEs para cada uno.

Con las excepciones de los Estados de Maine y Nebraska, los cuales asignan parte de sus VEs en base al resultado en sus distritos del Congreso, todos los demás Estados otorgan la totalidad de sus VEs a quien obtenga una mayoría simple, aún si es por apenas un voto, sin premio alguno para los demás competidores. Quien llegue a 270 de estos 538 VEs es electo Presidente, más allá del resultado en votos totales (una reseña más extensa sobre el colegio electoral está disponible aquí).

Retomando el punto anterior, esta combinación de polarización política elevada y un sistema de elección indirecta mayoritario hace estragos con la competitividad en casi dos tercios de los Estados en juego, asignando de forma casi segura a alrededor del 60% de los VEs a uno u otro partido ante prácticamente cualquier escenario. Tal es el caso de distritos altamente poblados como Texas, California o Nueva York, los cuales han comenzado todas las competencias presidenciales desde la era de Bill Clinton con un resultado sabido de antemano debido a su composición demográfica, historial electoral y patrones de comportamiento político.

Sencillamente, el número de simpatizantes de un partido u otro en cada distrito es demasiado elevado y su lealtad a la fuerza política es demasiado fuerte para producir el tipo de elección arrolladora de otros tiempos. Las abrumadoras victorias de Nixon en 1972, Reagan en 1984 o Johnson en 1964, todas contra adversarios débiles o percibidos como extremos, probablemente no puedan ser repetidas en la era actual debido a la solidez e intransigencia de la coalición de votantes detrás de cada partido.

En lo que refiere a 2016 y a la competencia entre Trump y Clinton, la evidencia disponible hasta ahora indica que es razonable asumir que la elección presidencial de 2016 probablemente no se alejará mucho de la norma y exhibirá gran parte de esta combinación nociva a la competitividad a nivel presidencial. Esto implica que, en términos efectivos, la elección será poco más que un procedimiento previsible en buena parte del país y el resultado en el colegio electoral partirá de ciertos niveles de apoyo mínimo.

Mapa n°1: Distritos no competitivos en 2016

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Tal como muestra el mapa superior, más de 3/5 de los distritos representando alrededor del 60% de los votos electorales pueden ser catalogados como no-competitivos este año, puesto que tanto la información provista por los sondeos como su composición demográfica e historial electoral señalan que ningún auge o caída probable (+/-5%) en los niveles de apoyo de cada candidato alcanzaría para modificar el panorama.

Los miembros más importantes de esta categoría, que a su vez sirven para ejemplificar el fenómeno en todos los demás, son los tres Estados más poblados del país: California, Texas y Nueva York. Su comportamiento político a nivel presidencial se encuentra estable desde los años 80 y la polarización (particularmente la polarización político-racial) los ha vuelto bastiones indiscutidos de uno u otro partido.

La consecuencia efectiva de ello es el de una garantía de un 55 o 60% del voto a favor del partido predominante siempre y cuando el candidato partidario pueda satisfacer mínimamente los deseos de su propia base de votantes. Esta situación se repite con menor (Washington, Louisiana, Minnesota) o mayor margen (Hawaii, Wyoming, Oklahoma), pero el fenómeno sigue siendo esencialmente el mismo.

De hecho, estos distritos de baja o nula competitividad muy probablemente no entrarán en juego de no mediar una catástrofe de proporciones históricas para uno de los dos candidatos. Semejante evento no sólo debería afectar al electorado en disputa, el cual ya de por sí es sensible a asuntos de menor magnitud, sino a la misma base de votantes Demócrata o Republicana que posee considerable desprecio por los adversarios y/o prioridades completamente opuestas a las del otro partido, por lo que la tarea es muy difícil.

Como resultado, puede considerarse como muy razonable una presunción de que la competencia real no pasará por este conjunto de premios en disputa y que las campañas de ambos candidatos se orientarán hacia triunfos en los 18 distritos restantes. En base a su accionar, el equipo de Clinton parece compartir esta hipótesis al pie de la letra y ha ignorado casi por completo las partes no-competitivas del país, visitándolas apenas como parte de su programa de recaudación de fondos o mediante figuras sustitutas.

Por otro lado, la campaña de Trump ha optado por organizar actos en lugares como Connecticut u Oregon, que no han votado por un candidato Republicano desde los años ’80 y no muestra indicio alguno de encontrarse a punto de romper esta tradición en esta ocasión, por lo que es posible que el candidato conservador no comparta este diagnóstico. Aún no queda claro si ello es fruto de una estrategia de motivos ocultos o (como opina la mayoría de los observadores) un error de cálculo severo.

Lo probable

La siguiente porción categorizable del mapa es aquella en la que el panorama aún presenta cierto grado de competitividad, aunque con un claro contendiente favorito. Este puñado de distritos concentrará gran parte de la actividad de campaña de este año y es sin duda alguna clave para lo que se percibe como las estrategias ganadoras de cada candidato.

Mapa n°2: Distritos seguros y distritos con ganadores probables en 2016

probable

Como puede observarse, la situación actual en la mayor parte de los distritos razonablemente competitivos es muy favorable a Clinton. Ello no sólo es reflejo de una ventaja coyuntural en los sondeos, sino también de la marcada incapacidad o desinterés de Trump en lo que refiere a orientar su mensaje hacia un electorado más amplio que el de la primaria Republicana.

Sencillamente, Trump ha logrado achicar la coalición de Mitt Romney (que no logró constituir una mayoría en 2012) mediante una campaña centrada en el nativismo y la xenofobia. Ella no sólo impide la obtención de votos por fuera de la base de votantes del partido Republicano, reduciendo al extremo su atractivo entre las minorías, sino que también ha logrado expulsar a buena parte de sus miembros más cosmopolitas y a la vieja dirigencia partidaria hacia la abstención, los partidos testimoniales o a los propios rivales Demócratas.

La compensación electoral buscada por esta sangría de apoyos, según los propios analistas del partido, es una mayor porción del voto blanco menos acaudalado y de menor nivel educativo, así como una participación más elevada de este grupo en noviembre. Esto le permitiría a Trump ser electo mediante una expansión del mapa electoral Republicano en los Estados donde este grupo demográfico constituye una proporción elevada del electorado y fue esencial para el triunfo de Obama en 2012: los antiguos Estados manufactureros de Pennsylvania, Michigan y Wisconsin, que han votado Demócrata desde los años 80.

Por desgracia para Trump, la evidencia apunta a que se encuentra pagando los costos de su estrategia nativista sin contar con casi ninguno de los beneficios electorales. Los sondeos en la mayor parte de los distritos que busca disputar lo muestran entre 3 y 7 puntos por debajo de Clinton, mientras que aún no hay indicio alguno de una mayor participación por parte subgrupo de votantes blancos que alcance para compensar su catastrófica performance entre el resto de los votantes.

Esto significa que su campaña probablemente deberá desistir de sus intentos de expandir el mapa hacia los distritos más ricos del grupo (New Hampshire), los de mayor diversidad racial (Colorado) o los que combinan riqueza y también diversidad racial (Virginia), por lo que su vía a los 270 VEs probablemente posee un margen de error mucho menor que la de su rival.

Por su parte, Clinton parece encontrarse recibiendo un considerable número de desertores de la coalición Republicana de 2012 y su salto en las encuestas posterior a la Convención Demócrata da señales de haberse transformado en un margen real.

Si su estrategia, tal como la mayor parte de los analistas coinciden, consiste en replicar la coalición de votantes de Obama y además competir por uno o dos Estados de tradicional apoyo Republicano, esta se encuentra funcionando de forma espléndida. Ha logrado compensar cualquier ventaja de Trump entre su electorado objetivo mediante márgenes iguales o mejores que los de Obama entre afroamericanos, latinos, mujeres y blancos de mayor nivel económico/educativo.

Paralelamente, la mayoría de los estudios señalan que ha podido absorber al porcentaje habitual de simpatizantes de su rival en la primaria Demócrata (algo que Trump no ha podido hacer) y que no corre con ningún riesgo significativo de perder a esos votantes a un tercer partido como forma de protesta.

A nivel territorial, su fuerte posición en Colorado y en Virginia probablemente ubica a ambos distritos por fuera del alcance de su rival dentro de la mayoría de los pronósticos razonables, facilitando su camino a los 270 VEs sustancialmente. Del lado negativo, su labor de mantenimiento de la coalición de votantes de Obama aún no ha presentado resultados acordes en algunos Estados como Nevada o Iowa, aunque es probable que al menos parte de el problema pueda asignarse a la falta de nuevos sondeos post-Convención.

Es por ello que puede considerarse a Clinton como la favorita en la elección, al menos desde el punto de vista del panorama inicial. Su rival cuenta con poco tiempo y medios para modificar las impresiones que ha causado en gran parte de los votantes, y precisa una transformación radical para hacerlo.

Lo incierto

La última parte del mapa electoral incluye a buena parte de los distritos competitivos habituales, así como a una sorpresa desagradable para el partido Republicano.

Mapa n°3: Panorama completo de todos los Estados en juego

posible

Basado esencialmente en el material de sondeos disponible, la situación actual nos presenta un pronóstico para noviembre en el que el desempeño de Clinton será mejor que el de Obama en 2012 (lidera en todos los Estados habitualmente competitivos) aunque ligeramente peor que el del Presidente en la elección del 2008.

En algunos casos, tales como los de Florida o Carolina del Norte, las encuestas inclusive reflejan un estado tan robusto de la ventaja de Clinton como en algunos distritos de la anterior categoría, volviendo tentador su inclusión en el grupo previo. Esto, sin embargo, puede ser un tanto apresurado debido a un historial electoral que no favorece a los Demócratas en el caso de Carolina del Norte o a la tendencia del electorado en Florida a dividirse en bloques prácticamente idénticos en tamaño más cerca de la elección general.

En el resto de los casos ligeramente favorables a Clinton, el cuerpo de información provisto por los sondeos indica una situación de competitividad genuina. La mayor parte de los analistas coinciden en asignar este hecho a un funcionamiento parcial de la estrategia nativista de Trump entre los blancos trabajadores de Ohio y a la insuficiencia de tanto las encuestas como aún la actividad de campaña en Iowa y Nevada. Se espera que, eventualmente, uno u otro candidato obtenga un margen mayor de cara a noviembre.

Un factor sorprendente aquí es la inclusión de Arizona, Estado tradicionalmente Republicano, en el listado de distritos competitivos. La explicación para ello puede basarse en dos elementos: Una transformación demográfica en marcha que ha hecho del Estado uno de los proporcionalmente más poblados por hispanos y el efecto altamente negativo del mensaje de Trump entre este electorado. Su consecuencia es la de una transformación de un bastión Republicano en un distrito apenas marginalmente favorable al candidato del GOP.

Este panorama de ventajas para Clinton y expansión del mapa a favor de la candidata Demócrata probablemente indicaría un triunfo de la ex-Secretaria de Estado por un margen de alrededor del 8 o 10% del voto a nivel nacional, lo cual es aún demasiado elevado para ser considerado realista. Nuevamente debido al elevado nivel de polarización y lealtad partidaria, que en parte ha impedido cualquier triunfo por más de un dígito desde la presidencia de Reagan, es probable que la ventaja de Clinton en votos totales se acerque más a un 6 u 8%.

No obstante, aún en caso de que los sondeos sean demasiado optimistas para Clinton o cuenten con errores graves, es difícil ver a Trump como el favorito en este conjunto de Estados debido a la composición demográfica de al menos dos de ellos: Florida y Carolina del Norte. De no contar con una modificación importante en su fortuna (que sin duda alguna acarrearía una modificación importante del mensaje de Trump) es altamente improbable que el magnate pueda posicionarse como el líder en esta última porción del mapa a lo largo de los siguientes tres meses.

Como consecuencia, el panorama aquí continúa la tendencia amigable a Clinton de los Estados de la anterior categoría, mejorando sus probabilidades considerablemente y volviendo a la candidata Demócrata la favorita para convertirse en la próxima residente de la Casa Blanca.


Por Joaquín Harguindey

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