De profesionales y amateurs

A menudo durante el ciclo 2015-2016 el panorama ha parecido desafiar las reglas establecidas de la política estadounidense, para la más completa ansiedad y desconcierto de los observadores. Tabúes fueron ignorados sin mayor consecuencia y reglas no escritas transgredidas con impunidad en un espectro de asuntos que van desde el mérito de los prisioneros de guerra al peso de las ganadoras de Miss Universo.

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Sin duda alguna, la vasta mayoría de los ejemplos de este fenómeno provinieron de un sólo candidato y este es Donald Trump, pero la contracara de esta suspensión de las reglas también fue proveedora de algunos por vía de sus contrincantes Republicanos. Jeb Bush, en particular, vio transformada una campaña prometedora por parte de un candidato profesional en un fiasco de casi 160 millones de dólares debido a la inefectividad de su percibida ortodoxia y apego a un conjunto de normas políticas supuestamente invalidadas durante el período.

Algunos de estos eventos han llevado a que parte del análisis político opte por abandonar los límites de la cautela razonable para declarar truncos la mayor parte del conocimiento, los patrones de comportamiento electoral y el criterio bajo el cual se estima el efecto de los eventos sobre la campaña. Bajo esta perspectiva, de alguna forma aún por explicar, los Estados Unidos se transformaron de forma tan significativa en algún punto de los últimos cuatro años que las observaciones hechas bajo un foco histórico o politológico carecen de mucho valor debido a su obsolescencia, estando condenadas al mismo colapso del viejo orden que aconteció en la campaña del desafortunado Jeb Bush.

El esquema reemplazante, por su parte, centra su foco en lo que a grandes rasgos puede ser denominado como la “narrativa” de la campaña, enfocándose en la influencia de los eventos coyunturales o mediáticos y asumiendo que la ausencia o desconocimiento de las reglas vuelve posible a todos los escenarios.

Estos nuevos Estados Unidos de anarquía en su comportamiento electoral dejan muchos elementos abiertos a interpretación a propósito, lo que convierte a la observación política en un ejercicio de construcción solitaria del panorama con resultados erráticos a lo largo del tiempo aunque ocasionalmente correctos. Paralelamente, por desgracia, también permite obviar buena parte del conocimiento de los Estados Unidos previo a 2015-2016, lo cual lo condena a cierto aire de arribismo y superficialidad.

De forma muy curiosa, estos dos abordajes hacia la validez y utilización del conocimiento no sólo se enfrentaron durante el análisis previo, durante y posterior al primer debate presidencial, sino que fueron personificados por los propios candidatos en su contienda retórica. La velada del lunes vio a una política profesional formada durante décadas en la ortodoxia política enfrentarse, denunciar y hacer enojar a un amateur transgresor y sin aprecio alguno por las normas o los hechos.

Clinton logró que las reglas aplicaran una vez más, a diferencia de lo que fueron los intentos desganados y modestos de la dirigencia Republicana durante las primarias. Logró mantener su disciplina más que lo suficiente para tomar el control del debate y convertirlo en un referéndum televisivo sobre las falencias de su contrincante; la controversia del certificado de nacimiento de Obama, su aseveración del cambio climático como complot chino, su misoginia generalizada. Su preparación para el debate, que incluyó semanas de estudio y ensayos con sus asesores, se hizo lucir en numerosas ocasiones y dejó en claro que tenía un plan elaborado para estar allí.

Trump, por su parte, no supo qué hacer una vez que el debate se centró en él. Es posible que la pequeña preparación que tuvo haya hecho énfasis en intentar moderar sus aspectos más ásperos y orientar la conversación hacia los tratados de libre comercio, pero cualquier labor llevada a cabo por su equipo de campaña en estandarizar y profesionalizar su mensaje había quedado olvidada después de los primeros quince minutos.

Luego de ello el candidato estuvo completamente a la defensiva, dejando pasar obvias oportunidades para atacar a Clinton e interrumpiendo para ofrecer breves objeciones que en muchos casos terminarán en spots de su adversaria. Sus esporádicas sesiones de preparación informales con Rudy Giuliani y Roger Ailes (a menudo hechas durante pausas de almuerzo, según la prensa) no lo entrenaron en absoluto para enfrentarse a Clinton ni para esbozar un plan coherente para que su mensaje domine la situación.

Sin embargo, basado en una perspectiva histórica es probable que el efecto inmediato del debate sobre la campaña sea modesto. La época de los debates como contraste de programas de gobierno concluyó hace tiempo, mientras que la polarización elevada de los Estados Unidos y el ya total conocimiento de los candidatos vuelve difícil que mucha gente cambie de opinión a esta altura de la competencia.

Pero si una lección puede ser obtenida de los eventos del lunes (y de los tres sondeos científicos que dieron la victoria a Clinton) ella es la siguiente: las reglas siguen aplicando y no estamos en terreno desconocido. Las ventajas de la profesionalidad se vieron por sobre los intentos amateurs de gritar por encima de su adversaria y probablemente no por última vez ni limitado a los debates. Si existía un argumento para no ver a Clinton como favorita, sin duda se ha vuelto mucho más difícil ahora.

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