Crónica de un voto

Para mí, lo más importante siempre ha sido los stickers electorales. De niña me encantaba ir con mis padres a votar, sólo para obtener el sticker brillante que nos darían al salir del lugar de votación. El sticker, con el lustre plástico de participación cívica, proclamaba: “Yo Voté en Alexandria,” mi ciudad natal. Siempre acababa llevándome dos o tres stickers con mi uniforme escolar, llevándolos con orgullo fuerte, como si yo hubiera aparecido en la lista electoral. Todo parecía tan importante. Además era el tipo de niña que no sólo recibía juegos con tarjetas educativas sobre la presidencia como regalos, sino que me divertía con ellos, y después reté a mis padres: pero ¿dónde están las chicas? Digo todo esto para expresar que estoy emocionada por votar este año. Por la hermandad entre las mujeres, por el orgullo cívico, y sí, para conseguir un sticker electoral.

Mi entusiasmo ha sido consistente. Me registré para votar muy pronto después de que tuve derecho a hacerlo, cuando cumplí los 18 años. Aquel año, descargué el formulario desde el sitio web del Departamento de Elecciones de Virginia, lo rellené, y lo envié por correo a la oficina de elecciones de mi ciudad. La única identificación que me pidió el formulario fue mi número de Seguridad Social, lo más parecido al DNI que tenemos en los Estados Unidos, junto con mi dirección y firma. El formulario es muy corto, sólo una página.

Al votar en Virginia, no tuve que registrarme como miembro de un partido político particular, sino que pude votar en mi elección primaria preferida—pero sólo una primaria por ciclo. Esta política se llama “primarias abiertas,” y me encanta, porque al pertenecer a ningún partido político puedo votar en la primaria que sea más competitiva.

Al final del proceso, recibí una tarjeta de votante por correo. Esto no califica como un carnet de identidad del votante (Photo ID), los cuales se han vuelto famosos debido a las políticas estatales que requieren una identificación con foto cuando alguien vota en persona. No, la tarjeta de votante sirve para confirmar mi estatus, es sólo para referencia personal. Lo cual no era importante aquel año, porque yo no iba a votar en persona sino por correo.

Yo estaba en la universidad en otra ciudad, pero quería votar en las elecciones de mi ciudad natal, por lo que solicité por internet una boleta de voto en ausencia. Este tipo de voto no requiere una identificación, sólo un testigo para firmar tu boleta y confirmar que todo pasó sin problemas. Mi compañero de cuarto sirvió perfectamente.

La noche de la elección, yo y otros pocos nerds esperamos los resultados electorales en la sala de estudiantes, con pizza y refrescos. No ganó ninguno de los candidatos por quienes voté (Me he acostumbrado a ello.) Una semana después, recibí por correo unos stickers electorales enviados por mi familia. Creo que ellos harán esto por el resto de mi vida.

El año pasado, después de regresar a mi ciudad natal, finalmente conseguí votar en persona para primera vez. Fue en la primaria presidencial de Virginia, que ahora parece muy lejana. Tenía que estar a mi oficina a las 8 de la mañana, al otro lado del río en Washington DC, y no se puede confiar en los trenes allá. Por eso me levanté temprano y fui a votar justo cuando la votación comenzó en el gimnasio del colegio local, unas cuadras de mi casa.

Al frente del colegio, encontré a unos de mis vecinos—mi dentista hacía campaña para su esposa, quien se había presentado como candidata al consejo escolar de la ciudad—pero cuando me acerqué al gimnasio, se quedaron atrás. Está prohibido hacer campaña de cualquier tipo, incluso distribuir “boletas de muestra” como guías partidarias o sólo llevar una camiseta en apoyo de un candidato, dentro de los lugares de votación.

Cuando entré en el gimnasio, di mi nombre a los oficiales electorales. A diferencia del voto en ausencia, el voto en persona en Virginia requiere identificación. Se puede usar cualquier identificación oficial con foto—por ejemplo, una identificación de trabajo, de estudiante, del estatus tribal, o pasaporte. Yo usé mi identificación estatal, pero la mayoría de votantes usan su licencia para conducir.

Después de que la oficial electoral confirmó mi identificación y mi registro local, me dejó escoger mi boleta primaria preferida: la del partido Demócrata (de la cual había un montón), o la del partido Republicano (de la cual había muy pocas). Esto es el norte de Virginia después de todo, la región azul que vuelve al resto del Estado violeta en los mapas electorales. La oficial me dio lo que pedí y llevé mi boleta a una mesa larga detrás de un biombo para asegurar la privacidad del voto. Me senté, abrí el folio que envolvía mi boleta, marqué las casillas requeridas y lo llevé al escáner para emitir mi voto oficialmente. Y sí, finalmente conseguí mi propio sticker electoral cuando salí.

Hace unos meses, me mudé a Charlottesville, Virginia, unos 200 kilómetros al sur de mi ciudad natal de Alexandria y políticamente mucho más interesante. Mientras que Alexandria vota consistentemente Demócrata, aquí en Charlottesville las elecciones son más competitivas. Ahora vivo en el conurbano impreciso de una ciudad universitaria liberal, un enclave en una región conservadora. Es una mezcla extraña, una valle al lado incorrecto de las montañas, llena de profesores, camareros, granjeros, y las ominosas fincas de los Padres Fundadores mismos. Bienvenidos/as a Virginia.

Esa realidad demográfica significa que mi voto es mucho más influyente aquí que en Alexandria, y por eso tenía ganas de actualizar mi registro de votante en Virginia para cambiar mi dirección. Así podría votar en mi nuevo distrito congresual y en las competencias por el gobierno local.

Ya que ya estaba registrada en el sistema estatal, pude actualizar mi registro en línea. Me sorprendió lo fácil que fue: Mi tarjeta de votante llegó por correo unas semanas después. Sin embargo, tendré que usar otra identificación cuando me presente para votar el martes que viene. No he actualizado mi identificación estatal con mi nueva dirección, y aunque no es ilegal usar una identificación con una dirección anticuada, no es muy común que los oficiales electorales conozcan todas las reglas. Hay que prepararse para todo, porque sólo son voluntarios y muchas veces no han sido bien informados sobre el proceso. Como consecuencia, usaré mi identificación universitaria, y traeré mi pasaporte en caso de que no la acepten.

Si parezco obsesiva, es porque lo soy. Las elecciones pasadas me han interesado, ciertamente, pero la de este año lleva una urgencia que me parece nueva. Mi ciudad nueva tiene mucho que ver con este sentimiento para mí. Yo pensaba que al dejar atrás Virginia del norte y el conurbano de Washington DC, yo dejaría la política atrás también, pero realmente me ha parecido más urgente que nunca.

Echemos un ojo a mi barrio. Mi complejo de apartamentos aloja mayormente a familias latinas (incluida una cierta cantidad de misioneros pentecostales), familias musulmanas, y estudiantes chinos. Una de mis vecinas de la planta baja había pintado “Bernie o Reventar” (Bernie or Bust) con aerosol en su ventana que da a la calle, pero lo borró después del fin de las primarias. El sticker con la misma leyenda sigue pegado en su auto, no obstante.

Al lado del pasillo, una pareja vieja que mantiene decoraciones de Navidad durante todo el año también tiene carteles políticos en su puerta. Al principio yo pensaba que sus carteles eran para espantar a los extraños, como un ficticio “Cuidado con el Perro” de una mujer soltera. Los stickers de la Asociación Nacional del Rifle, de la conspiración Benghazi, y, más recientemente y de forma menos inequívoca, de apoyo a Donald Trump todas me parecían demasiado dramáticas para ser reales. Pero así son. Mientras tanto, una bandera mexicana enorme ha aparecido en el balcón de otro edificio en la misma cuadra. Puede ser que sean vecinos nuevos, o que es una celebración por celebración misma. Personalmente, creo que el mes de debates les agotó.

A la vuelta de la esquina, donde los apartamentos se disipan hacia el bosque, hay una familia que tiene un gallinero del cual me quejo más de lo justificable. Las gallinas son más o menos tranquilas, y sólo paso al lado de ellas durante las horas tempranas de los feligreses. Ahora han puesto un cartel de  Trump-Pence en frente del gallinero, bloqueando las gallinas y creando la ilusión lindísima de que el cartel mismo está graznando. Es muy satisfactorio.

Viajando de los suburbios a la ciudad, la atmósfera es tranquila, lo cual es extraño para un campus universitario americano. Además de los eventos de las organizaciones partidarias estudiantiles para los debates, y de unas estudiantes alegres con porta-papeles para campañas de registro, no hay mucha evidencia de nuestro ritual cuatrienal ni de sus efectos secundarios. O así era hasta hace poco. La semana pasada, grafiti antisemita apareció en un edificio de apartamentos donde viven muchos estudiantes, pintado en amarillo. La semana antepasada, dos manifestantes armados, partidarios de Trump, se pararon afuera de la oficina de la campaña de la candidata Demócrata local para la Cámara de Representantes y se negaron a moverse. Lo cual es técnicamente legal, pero sigue siendo amenazante.

Recuerdo reírme de la elección en mi oficina en DC el año pasado. Realmente no sabíamos nada de nada.

Por suerte, no todo el mundo es como yo, tarde a la urgencia. La universidad ofrecerá transporte gratis a lugares de votación, y ya he escuchado a muchos estudiantes averiguando sobre la logística de la votación en ausencia en sus Estados. Aunque pueda ser muy complicado, la gente va priorizando el votar este año, muchos de ellos por primera vez. Esto importa más allá de la Presidencia.

Cuando me despierte temprano para ir a votar el martes que viene, iré a un gimnasio diferente, el de la universidad esta vez, y no habrán folios de boletas primarias. Además de la competencia presidencial, habrán unas otras cosas en mi boleta: mi representante en la Cámara de Representantes, dos enmiendas a la constitución estatal, y un referéndum del condado.

Cada uno de estos votos importará tanto como el voto presidencial, si no más, para el bienestar de mis vecinos. Por esta misma razón mi problema político más importante al momento es molestar al condado para que nos construya una acera por la calle principal. Tengo ansiedad del 8 de noviembre, pero intento tener política del 9 de noviembre. Muchas veces he pensado que se hace tan difícil llegar a la votación justamente para que sintamos que votar es un logro, y no queda nada más para hacer. Pero espero que la urgencia se quede. Tenemos mucho que hacer.


Por Catherine Addington

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